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La importancia del libro «Coquito»

*** Según el autor, el régimen venezolano siente como una obscenidad cualquier opinión con contenido técnico, ético o filosófico.

Por Carlos Ojeda

Muchos pensarán que bromeo, al titular este artículo en el día que conmemoramos la cultura literaria, promovida por –Cervantes, Garcilaso de la Vega y Shakespeare– con un clásico de la lectura inicial. No podría ser más representativo el título, ante el inminente holocausto del libro, en sus ediciones impresas. El libro electrónico ha logrado sustituir el interés por la lectura. Bondades como la elocuencia, la ortografía, la cultura, el aprendizaje, la reflexión y un amplio vocabulario han quedado en el pasado. Las nuevas generaciones prefieren “acumular” en la nube sus conocimientos, en caso de una consulta rápida. También designar a Google, como su asesor predilecto.

 “El que sabe leer, lee como sea”. Frase atribuida a Juan Vicente Gómez, ante el comentario de uno de sus asistentes, al verlo hojeando el periódico al revés. El temor del poder ante el conocimiento es milenario. El primer emperador chino, Qin Shi Huang, ordenó la quema de libros y el asesinato de académicos en el año 212 AC. Diocleciano ordenó la quema de los libros de alquimia de la biblioteca de Alejandría unos días antes que el emperador Constantino se deshiciera del contenido en los manuscritos de Arrio. La historia se repitió a través del tiempo. Escritos paganos, ejemplares del Talmud, Códices Mayas y valiosos documentos que formaron parte de la historia de la humanidad, se incendiaron en la hoguera de las vanidades, de poderosos sin talento. Resentidos ignorantes, carentes de una mínima inteligencia.

 Los libros y las letras legitiman la historia. De nada le sirvió a la Iglesia la inquisición. Tampoco a Hitler su nacionalismo alemán y el antisemitismo. El autoritarismo de izquierda moderno en los países del tercer mundo -con ciertas batallas ganadas- ha logrado exaltar sentimientos de igualitarismo que promueven el resentimiento, la corrupción y los derechos sin deberes.

 El caudillismo inmoral de la izquierda latinoamericana privilegia la ignorancia y la vagancia institucionalizada como una norma. Atrás quedó la participación de los intelectuales y hombres cultos de honesto proceder. Se esfumó la formación, la educación, la moral y la vocación, como complemento de la formación familiar y ciudadana. Recuerdo haber leído en uno de esos viajes imaginarios, por donde me han transportado los libros.

«Dejemos los libros sin supervisión, a la vista. Porque la gente que lee no roba, y los ladrones no leen«

En este país -con un gobierno de tutelaje militar y policial- la inteligencia y la intelectualidad está en terapia intensiva, casi en coma. La pléyade civil, con cultura y conocimientos, se diluye entre la longevidad y el deseo vocacional. No hay resquicio para la justicia, la lectura y el talento. No hay espacio para la integridad y la formación académica.

 Este régimen autoritario e inculto, de rápida y agresiva respuesta ante alguna propuesta que los instruya, siente como una obscenidad cualquier opinión con contenido técnico, ético o filosófico, narrado con perfecta dicción y en el tono de voz adecuado. Simplemente les ofende la superioridad cognitiva de cualquier civil que haya leído dos veces el libro “Coquito”

“Los verdaderos analfabetos son los que aprendieron a leer y no leen”. Mario Quintana.

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