Elecciones al estilo divisorio

Por JURATE ROSALES

Estoy revisando todas las veces en que la destrucción de Venezuela pudo haber sido interrumpida y advierto que cada vez la situación empeoró con una dictadura más feroz. Creo que el primer caso ocurrió cuando Carmona intentó su golpe de Estado, que arruinó la salida democrática prevista por el parlamento.

Hago marcha atrás para rememorar, brevemente, aquel momento que nos hubiera evitado los siguientes más de 20 años de continua destrucción del país y hubiera permitido aprovechar la renta petrolera más grande de su historia. 

Estamos con la Asamblea Nacional, reunida la noche del 11 de abril de 2002, tras el día en que una inmensa marcha opositora acababa de sufrir el ataque mortal de los pistoleros del Puente Llaguno. Entre los marchantes había muertos y heridos. Mi esposo Luis Rosales, mi hijo Saulius y mi nuera Cristina estaban entre los “marchantes” y me asustaron ese día cuando lograron volver a casa a la noche con el paño que llevaban para el sudor y  lo vi  lleno de sangre: no les había pasado nada, pero habían utilizado el paño para atender a  personas que marchaban al  lado y fueron heridas a tiros.

Esa misma noche, del 11 al 12 de abril, los diputados reunidos esperaban que apuntara el día para destituir a Hugo Chávez, quien ya estaba preso en Fuerte Tiuna tras el tiroteo contra una marcha pacífica. Todo debía hacerse según la ley y Chávez ya estaba apresado por haber ordenado la masacre.

¿Por qué se arruinó esa preparación y espera de que apuntase el día para proceder legalmente? Porque esa misma noche, mientras los legisladores esperaban la madrugada para sesionar y decidir, el presidente en aquel momento de Fedecámaras, Pedro Carmona Estanga, había utilizado la noche de espera para decidir un golpe de Estado y proclamarse “presidente”. Esto produjo una indignación nacional e internacional. Carmona fue destituido a las 24 horas y Chávez volvió a Miraflores más fuerte que nunca.  Los muertos y heridos de ese día fueron olvidados. La riqueza petrolera, aquel “excremento del diablo” y las ambiciones de hacerse con ellas, destruyeron aquella noche el primer intento de enderezar el camino del pobre país demasiado rico. 

En seguida tuvimos la otra farsa, la de las elecciones en dos partes del año 2000, cuando los técnicos de la empresa norteamericana encargada de los escrutinios huyeron horrorizados para no avalar el fraude; pero la española Indra, a punta de dólares, se encargó de suplir esa ausencia.  

El tercer intento de devolver Venezuela a la vía democrática fue el referendo revocatorio de Chávez en el año 2004. Absolutamente todos estaban convencidos de que Chávez perdería ese referendo, dado el rechazo de la mayoría de los electores, y a pesar de una larga y complicada campaña que inauguró las llamadas “misiones”, a las cuales se entregaban sustanciosas ayudas monetarias a la población (bajo los términos de Misión de diverso tipo) que fueron la excusa para luego explicar los resultados que en vez de revocar a Chávez lo confirmaron e incluso aumentaron su tiempo de presidencia dos años más. Era aquello el primer ensayo de la empresa venezolana Smartmatic.  Nadie pensó entonces que el sistema electrónico podía ser preprogramado. Más tarde, mucho más tarde y tras un montón de elecciones presidenciales, legislativas y municipales -siempre ganadas por el chavismo- el fundador de Microsoft, Bill Gates, advirtió que unas elecciones nunca debían de ser escrutadas electrónicamente por la facilidad que existe de manipularlas. 

Vino entonces el reino de Smartmatic que, a partir del Revocatorio del año 2004, se vio reforzado con la ayuda del cable submarino desde Cuba, inaugurado en 2011 y utilizado claramente para subvertir elecciones. La conexión partía en la playa de Siboney cubana y llegaba a la de Camurí en Venezuela. Dado que la conexión era bidireccional, cambiar en minutos unos resultados electorales era fácil.  

Para las elecciones legislativas venezolanas del año 2010 un grupo de exmilitares, ingenieros en comunicaciones dirigidos por el exministro de defensa Carlos Peñaloza, intentaron impedir con ruidos la transmisión desde Cuba, la que tenía programada de antemano los “resultados electorales”. Lograron confundir con ruidos la transmisión cubana. Empezaron a entrar los escrutinios verdaderos al no lograr que aparecieran las cifras previstas desde Cuba.  De esa Asamblea salió un parlamento en el cual, en su posterior elección de directivos, el presidente del parlamento es ahora Juan Guaidó.

Si revisamos la lista de elecciones que continuamente se celebraron, desde la última elección sin fraude que eligió en el año 1999 con pequeña pero impecable legitimidad a Hugo Chávez, veremos que con la excepción de las legislativas del año 2010, cuando fue impedida la intervención del cable submarino cubano, no hubo en Venezuela ninguna otra elección que fuese limpia y honesta. Incluso ahora, cuando se vuelve a hablar de elecciones “confiables” es importante observar que todas fueron tildadas de  “confiables”.

 Lo que ahora se exige, en caso de lograr unas elecciones con garantías de transparencia, es evitar los escollos que continuamente impidieron a los venezolanos decidir libremente de su destino.

Se habla ahora –por fin– de organizar unas elecciones limpias. Recuerdo que todas las anteriores se creían “limpias” y que los fraudes y las trampas tienen larga vida. ¡Mosca, pues! Miren que ese cuento puede que no termine tan fácil, porque veo una oposición a Maduro fraccionada como si nada hubiese sido aprendido en más de 20 años. 

Jurate Rosales

Directora de la Revista Zeta, columnista en El Nuevo País con la sección Ventana al Mundo. Miembro del Grupo Editorial Poleo.

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