Bodas de oro episcopales

La crónica menor – CARDENAL BALTAZAR PORRAS CARDOZO

El Cardenal Schotte, por muchos años secretario general del Sínodo de los obispos, gustaba de ofrecer estadísticas curiosas. En una ocasión nos relató que la edad promedio episcopal de los asistentes al sínodo, era de doce a quince años, pues, no era muy común, decía, que la mayor parte de los obispos cumplan bodas de plata en adelante. Pues, estamos ante uno de esos casos fuera de la norma general. Nuestro hermano, Mons. Ramón Ovidio Pérez Morales, llegará a la edad dorada de ordenación episcopal, pues en la próxima solemnidad del patriarca San José, el 19 de marzo 2021, celebrará en compañía del clero, religiosos y fieles de Caracas, cincuenta años de haber sido ungido por el Cardenal José Humberto Quintero como ordenante principal, acompañado del Nuncio del momento Antonio Del Giudice, y Eduardo Pironio. Este último más tarde cardenal, tuvo amistad con Mons. Ovidio por su relación con el CELAM, donde compartieron juntos diversas tareas.

Nativo de Pregonero, pueblo tachirense fecundo en vocaciones sacerdotales, el 26 de junio de 1932. Joven vino a Caracas donde incursionó en el periodismo, la política y la universidad. Sintió el llamado del Señor y fue enviado a estudiar en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, donde se doctoró en Sagrada Teología. Recibió la ordenación sacerdotal el 26 de octubre de 1958, y a partir de 1960, se incorporó como profesor del Seminario Interdiocesano de Caracas. Eran los años previos al Concilio Vaticano II y en él se percibían aires nuevos, renovación teológica que plasmó en su cátedra de eclesiología. Es, pues, pionero en la difusión del pensamiento y la pastoral promovida por el Concilio.

Ejerció diversos ministerios en la capital, hasta que el Cardenal Quintero lo pidió y ordenó obispo, uniéndolo a los Auxiliares Rincón Bonilla, Ramón I. Lizardi y Luis Eduardo Henríquez. A partir de 1972, con el relevo en la presidencia de la Conferencia Episcopal con el nombramiento de Mons. Críspulo Benítez Fonturvel, fue elegido Secretario General de la CEV. De nuevo se convirtió en pionero de la renovación de esta instancia eclesial, pues el secretariado pasó a ser permanente, dándole así un dinamismo al trabajo del colegio episcopal. Las páginas de la revista Iglesia Venezuela dan buena cuenta de ello. En 1979 participó activamente en la Tercera Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Puebla de Los Ángeles, México.

A partir de mayo de 1980 pasó a ser el titular de la diócesis de Coro, sucediendo al benemérito Mons. Francisco José Iturriza, SDB quien la rigió por cuarenta años. La reorganización de la diócesis, con la participación del laicado, la promoción vocacional y la formación en el Instituto Diocesano creado para la capacitación de catequistas y laicos, fue notable. Impulsó la devoción a la Virgen Santísima en el vetusto santuario de la Guadalupe y en la promoción de las tradiciones de religiosidad popular como el pesebre.

Promovido a fines de 1992 a la sede arzobispal de Maracaibo, la rigió durante siete años, pasando luego a la de Los Teques en 1999 hasta el 2004, en el que pasó a retiro. Pero su actividad no ha cesado. Presidió la Conferencia Episcopal desde 1990 hasta 1996. Me tocó a su lado ser vicepresidente y acompañarlo en la feliz iniciativa del Concilio Plenario de Venezuela, uno de los aportes más significativos que ha hecho, por la participación de pastores, pueblo y fieles en el perfil y espejo de la Iglesia venezolana del tercer milenio. Escritor prolífico, son muchas sus obras de teología, pastoral y análisis de la realidad venezolana. Asesora, da charlas y retiros, promueve reuniones con el laicado y la dirigencia nacional. Vive en el Seminario del Hatillo, del que fue también fundador, en los años sesenta, para el cultivo de las vocaciones adultas.

Mucho que agradecer tiene nuestra Iglesia a Mons. Ovidio, hombre todo terreno, culto, afable, piadoso, sencillo y cercano a todos. El Señor nos lo conserve por muchos años más, y que este Tabor de sus bodas de oro episcopales, sea un oasis de paz en el que sienta el calor y el reconocimiento de todos los que hemos tenido la dicha de estar a su lado.

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