El Diario de Jurate: El mundo está loco, loco, loco.

 

Por Jurate Rosales.

Así se llamó hace muchos años una exitosa película que producía carcajadas sin otra consecuencia que la de haber pasado un rato divertido. Sin embargo, cuando el mismo título sirve para definir el desquiciado culebrón que a veces ofrece la política, esto ya no es para reír, sino para llorar. El culebrón plagado de lo absurdo, lo tenemos hoy en la política que desarrolla la oposición en Venezuela.

Cuando uno llega a mi edad que raya las 90 primaveras (insisto que son pri-ma-ve-ras) se da cuenta de lo absurdo e inútil que son muchas cosas vistas y vividas, casos que crearon inmensos sufrimientos y se desvanecieron sin dejar rastro, salvo el daño dejado atrás.

La primera lección en este sentido que aprendí en mi vida, viene que ver con una importante ciudad europea, Berlín. Siendo yo niña, mi padre estudiaba derecho en la universidad de Paris y cada año en julio-agosto, viajábamos de Paris a nuestra nativa Lituania para las vacaciones en casa de mis abuelos. Me acostumbré ver en ese viaje el paso del tren por Berlín, antes de atravesar Polonia y entrar en Lituania. Berlín era siempre la parte menos interesante del viaje, porque desaparecía el placer de mirar por la ventana del tren la campiña, los bosques, la naturaleza. Al entrar a Berlín el tren pasaba entre lo que parecía un túnel entre altos edificios. No había vista, sino altas paredes de ambos lados de los rieles. Luego venía una larga espera en la estación, hasta que el tren volvía a moverse para salir de Berlín y continuar su recorrido. De la ciudad como tal, no se veía nada – pura pared de edificios de ambos lados. Ni siquiera una calle.

Ese mismo recorrido lo volví a hacer, también en tren, en el último año de la II Guerra Mundial cuando huíamos del avance soviético hacia una Alemania que ya estaba perdiendo la guerra. La impresión fue inolvidable. En vez de ese muro de antaño, la vista no estaba tapada, por el contrario, de ambos lados de la vía se podía abarcar lo que parecía un paisaje lunar, con restos de paredes medio derruidas. Era lo que quedaba de Berlín después de los bombardeos aliados: una ciudad en ruinas.

Pasaron décadas, la vida siguió su curso, pero cuando me acuerdo de esa vista de absoluta desolación, me pregunto para qué sirvió todo ese desastre, tantas muertes, tanto sufrimiento y tanta destrucción que luego hay que reconstruir partiendo casi de la nada.

También se pregunta uno, ¿no había nadie con suficiente seso como para darse cuenta de lo inútil de tanta destrucción? ¿Era eso una locura colectiva?

Usted me dirá que no hay comparación hoy en día, entre lo que ocurre en Venezuela y la Segunda Guerra Mundial, pero es que viendo la profundidad de la actual destrucción de Venezuela y sólo salvando la relatividad entre lo que fue una guerra “mundial” y lo que es la situación de un solo país, en materia de la locura humana no veo mayor diferencia. La capacidad destructora de algunos gobiernos es una plaga que nunca desapareció. Igual como la incapacidad de una población de unirse para poner fin a las locuras del destructor.

Cuando observo ahora, a mi edad y con todo lo que ya he visto, la absurda incapacidad de la oposición venezolana de unirse para poner fin a la ruina de su país, debo preguntar: ¿y ustedes pensaron qué quedará de sus actuales esfuerzos si no se unen? Imagino que dentro de una década, sólo se leerá un escueto párrafo en un libro de Historia que dirá “… la incapacidad política de la oposición para unirse en los años 2018-2019 eternizó el drama de la nación, hasta la llegada de un relevo generacional que, deslastrado del peso de una mentalidad rentista de petróleo y oro, emprendió la reconstrucción del país bajo el signo de la unidad”. Dudo que en ese libro de Historia, el autor o los autores mencionen siquiera un solo nombre de los actuales “líderes” de la oposición. Temo que esos nombres desaparecerán barridos por su ineficacia.

La maraña de ambiciones personales y absurdos pleitos de borrachos por lo que es desde hace tiempo una botella vacía, no hace sino enredarse cada día más, alimentada por claramente calculadas políticas de siembra de cizaña. ¿Serán tan ciegos que no lo ven? ¿Tan venales como para no comprender que persiguen quimeras?

La esperanza está en el único cuerpo político plenamente legal, por ser producto de un voto legítimo, como lo es la Asamblea Nacional, donde se lleva a cabo un heroico trabajo de reconstrucción a través de la aprobación de leyes para un país del que se espera su renacimiento. Sin embargo, también en ese cuerpo de la “última esperanza”, una ridícula menudencia como un voto por un farsante foráneo venido a ver “qué consigue”, logró dividirlo. Ya lo habían hecho dos veces con gravísimas consecuencias: al aceptar la separación de los diputados de Amazonas y al no reunir el quorum para nombrar rectores del Consejo Nacional Electoral, el fatídico 16 de diciembre 2016. No fue por falta de esfuerzos, que los hubo, y muchos, sino por falta de UNIDAD. Nótese que en ambos casos, los votantes habían brindado con su voto la posibilidad de actuar, y en ambos, falló en la cámara un vital elemento: la unidad.

La rapidez con la que Venezuela se está auto-destruyendo es asombrosa. ¿Qué pasó con la defensa del Esequibo?, que es otra situación con fecha de vencimiento. ¿Cuándo terminará la hemorragia nacional de la huida del país de los jóvenes? ¿Quién y por qué medios recuperará la producción petrolera? ¿Quién parará el inmenso daño eclógico que causa el Arco Minero y quien pondrá orden en la explotación del oro? Por supuesto que gente para todas esas tareas, gente venezolana capaz y capacitada hay de sobra, las universidades autónomas nunca dejaron de funcionar pese al cerco oficial. ¿Quién les brindará a los graduados la oportunidad de servir al país, en vez de abonar con su sudor tierras foráneas?

Pues todo eso está todavía posible, UNIDAD MEDIANTE.

Jurate Rosales

Directora de la Revista Zeta, columnista en El Nuevo País con la sección Ventana al Mundo. Miembro del Grupo Editorial Poleo.

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