Votamos… ¿y después?

El voto del 15 de octubre terminará siendo la expresión nacional en una situación donde lo decisivo seguramente serán múltiples factores internacionales. Que es cuando más importará, hacer oír y sentir la voluntad nacional expresada en el voto.

La MUD, que se daba por acabada, renació para celebrar unas exitosas primarias en tiempo record y va ahora en cada estado con un solo candidato unitario. De nada habrán servido a los estrategas del gobierno en el CNE las tretas de publicar listas de candidatos opositores y no retirarlos cuando ya ellos mismos se declararon a favor del único ganador de las primarias. Como último recurso para disminuir el voto opositor, a los 5 días de la votación, mudaron centros de votación para confundir al votante, convirtiendo para el opositor, el acto de votar al equivalente de recoger un desafío.

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Queda ahora como último recurso para el gobierno después de las elecciones, lograr que los gobernadores electos por la oposición, tengan en su contra a unos concejos municipales que no fueron renovados al mismo tiempo que el gobernador y son en su mayoría miembros del partido de gobierno. Está además, la comprobada política de impedir el funcionamiento de un funcionario elegido por el voto opositor y para ello se cuenta con un Tribunal Supremo obediente al Ejecutivo. Mientras más insistan en ese tipo de medidas, que podrían ser similares a las que ya intentaron aplicar a varios alcaldes y a los diputados de la Asamblea Nacional, mayor será la convicción internacional de que la situación venezolana debe ser solucionada.

Si para entonces, ya se conocerán las verdaderas cifras del resultado, vendrá la comparación entre cuánto voto hubo a nivel nacional para candidatos del gobierno y cuánto para los de la oposición. Si la votación es masiva, a partir de cierto número de votos, se hace muy difícil cambiar el resultado. Si alguien lo intente, saldrán a la vista las costuras ante el mundo entero.

En consecuencia, y apartando cualquier intento de vaticinio en días de veda de las encuestas, lo que pase el próximo 15 de octubre sin duda adquirirá una importancia, que si no es inmediata, pesará severamente en todo lo que de ahora en adelante intente hacer el régimen de Nicolás Maduro.

Ante ese panorama, uno se pregunta por qué el gobierno de Maduro aceptó celebrar las elecciones de gobernadores. La respuesta quizás sea, que una votación era necesaria después del mal rato con la constituyente, cuando el propio organismo de la cuenta de los votos, Smartmatic, declaró que el número de votos para elegirla, era menor, que lo declarado por el Consejo Nacional Electoral y casi de inmediato, la Fiscal Luisa Ortega Díaz confirmó que las cifras declaradas por el CNE eran falsas.

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Después de la ilegalidad, el colmo ha sido que el invento de una constituyente para que sustituya a la Asamblea Nacional, quizás con la esperanza de encontrar algún apoyo legislativo para nuevas refinanciaciones de la deuda no pudo darse.

Es fácil, entonces, seguir el razonamiento que entonces parece haberse impuesto en el gobierno. Sería el siguiente: declaramos unas elecciones de gobernadores. Para ganarlas, contamos con todas las triquiñuelas posibles, amparadas en que somos gobierno, tenemos al CNE a nuestra disposición, y contamos con que la oposición está dividida. Además, por primera vez en la historia de Venezuela, separaremos la elección de gobernadores de la de los concejales y como tenemos mayoría del PSUV en los concejos, poco importará quién es el gobernador.

Nuevamente, no contaron con los venezolanos que sí suelen expresarse con el voto. Tampoco contaron con la catástrofe económica, que crearon al aumentar desproporcionalmente un dinero circulante con la ilusión de que con eso se ganan elecciones, y que ahora se convierte en una megainflación que ni siquiera esperó el día de las elecciones para hacerse sentir a toda la población.

 

Jurate Rosales

Directora de la Revista Zeta, columnista en El Nuevo País con la sección Ventana al Mundo. Miembro del Grupo Editorial Poleo.

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