La última dictadura

Ningún día que haya vivido se parece a aquel en que cayó la dictadura. La última dictadura dijimos los venezolanos por décadas, sin saber qué sorpresa nos deparaba el destino. Aunque una cosa es cierta, el espíritu democrático renacido en 1958 ha sido tan potente, que los aspirantes a dominarnos e imponernos su voluntad no lo han logrado, no porque no han querido, sino porque no han podido. Porque no los hemos dejado.

Así ha sido estos años. La repetición de la consigna “Venezuela cambió para siempre” es una manera de decir que no piensan dejar el poder jamás, y además una mentira, pues la verdad es exactamente al revés. Venezuela, como cualquier sociedad, siempre cambia. No hay mayorías eternas ni minorías incurables, como quedó demostrado el 6 de diciembre de 2015, en decisión democrática abrumadora que, demostrando lo que digo, el poder se ha negado a asimilar y reconocer. Así ha impedido que los venezolanos resolvamos democrática y pacíficamente esta crisis política, como lo hubiéramos hecho por la vía constitucional del revocatorio.

También quiso Pérez Jiménez bloquear el voto. Confiaba en su fuerza. La Constitución de 1953 obligaba a una nueva elección en 1957, próximo a finalizar el quinquenio que le había regalado la Constituyente fraudulenta, pero el “Congreso” designado por ésta le despachó una maniobra para burlarla, aprobando a la carrera un plebiscito minado de trampas, el cual ganó desde luego, el 15 de diciembre. Un mes y una semana más tarde el gobierno caía. Venezuela entera se levantó. Unida. Empresarios y trabajadores, profesores y estudiantes, los partidos prohibidos y perseguidos, sacerdotes, y las Fuerzas Armadas, cuyo rostro fue un marino decente y amable, Wolfgang Larrazábal, decidieron poner fin a aquel oprobio que se imponía en su nombre.

Sobre aquel episodio, en párrafo redondo Luis Herrera escribiría: “Los pueblos son más pacientes de lo que comúnmente se cree y, por extraña paradoja, también son más impacientes de lo que generalmente se cree. Mariano Picón Salas, en admirable pincelada sociopsicológica, afirmó alguna vez que nuestro pueblo tenía una excepcional “capacidad de aguante”, grande pero no infinita, inmensa sin ser ilimitada. Nuestra historia así lo proclama, con alta voz de recuerdo y advertencia”.

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