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Pánico «Odebrecht» en Latinoamérica

Por Gustavo Gorriti

La épica campaña anticorrupción de Lava Jato inicia un desenlace inédito. Después de un año y medio de brillantes acciones fiscales y judiciales -que mantuvieron la iniciativa y la sorpresa frente a las grandes corporaciones acusadas, pese a que estas desplegaron sus mayores esfuerzos y recursos en defenderse-, todas las grandes «empreiteiras» han capitulado.

Primero lo hicieron las más blandas (o inteligentes) y luego las que se proclamaban irreductibles, especialmente su nave insignia, Odebrecht. Odebrecht se rindió tarde y por eso tuvo que pagar un precio mayor, por la dinámica de las delaciones criminales, en las que la información va perdiendo valor conforme otros hablan. En la etapa final, incluso, hubo una extraña competencia entre los últimos en rendirse para que los términos de su delación fueran los aprobados.

El acuerdo de delación de Odebrecht es quizá el mayor evento de confesión en casos de corrupción criminal. No es una suma de confesiones individuales sino una delación corporativa de uno de los mayores sistemas de corrupción organizada al más alto nivel, en una estrecha asociación público-privada, en la historia de América Latina (comprende también a África y Estados Unidos, que son investigaciones con características diferentes). Cerca de 80 altos ejecutivos de la corporación se han comprometido a decir todo lo que saben y a no dejar de responder con verdad cualquier otra interrogante durante los próximos años, so pena de perder los beneficios penales comprometidos si mienten una sola vez. En la promesa reside también el peligro. Los delatores se obligan a responder preguntas, no a revelar lo no preguntado.

El propio nombre del caso [Lava Jato, o lavado a chorro o presión] muestra los comienzos modestos de un caso que creció rápidamente hasta abarcar todo Brasil y sepultar coartadas con la avalancha de revelaciones que llegaron de las propias investigaciones en Brasil, de la cooperación suiza y la participación estadounidense. En Brasil, el progreso investigativo logrado es inmenso, como lo atestigua la población penal en Curitiba, un quién-es-quién brasileño desde el 2015. Se conoce mucho y se tiene una idea bastante aproximada de lo que resta por conocer.

Pero las delaciones apenas han empezado a alumbrar el lado oscuro de la luna: el resto de América Latina, donde se corrompe en español o en portuñol. Desde la última parte del siglo pasado, las grandes empresas brasileñas, capitaneadas por Odebrecht, se lanzaron a conquistar América Latina; y lo lograron. Tuvieron desde un lobby del más alto vuelo hasta una metodología clandestina de corrupción, que vendieron a los corruptos locales no solo como competitiva en términos de soborno sino como indetectable.

Ahora, los virreyes de Odebrecht (y de otras compañías) que en cada país aparecían al lado de los gobernantes inaugurando obras grandes y sobre todo costosas, ya empezaron a delatar. El miedo recorre ahora muchos espinazos latinoamericanos, pero los nombres de los criminales de alto vuelo no emergen todavía. Mientras tanto, en nación tras nación, los mecanismos de encubrimiento, los tradicionales, los improvisados y, si hace falta, los desesperados, se preparan. En naciones como Venezuela, las autoridades fiscales y judiciales encubrirán. En Panamá, su procuraduría ya destaca por su renuencia a toda colaboración con los fiscales brasileños. En Perú, mi país, la fiscalía sí se ha movilizado pero con formalismo y lentitud. En la mayor parte de nuestras naciones será el periodismo de investigación (el no corrupto) el que lidere, induzca y complemente la revelación de hechos y exponga completa la información a la sociedad civil, cuya indignada movilización ha producido cambios profundos, que pocas veces resultan perdurables pero que alguna vez tendrán que serlo.