Diciembre 2018 en Venezuela: Maduro será aislado, pero no estará solo

Venezuela
Recep Tayyip Erdoğan, presidente de facto de Turquía, recibe de Nicolás Maduro una condecoración. Foto Cortesía Manaure Quintero/Reuters.

Por Francisco Poleo

Rex Tillerson rompió el silencio tras su abrupta salida del Departamento de Estado. En líneas generales, los corrillos político-noticiosos se detuvieron en el chisme sobre la ética de trabajo de Donald Trump, pero lo más determinante fue lo que dijo sobre Vladimir Putin.

“Putin es calculador, oportunista (…) Lo que quiere Rusia es socavar nuestra confianza y socavar la confianza del mundo en nosotros”. Eso no lo dijo cualquier persona. Lo dijo quien no solo fue secretario de Estado de Estados Unidos sino también estuvo al frente de la mayor petrolera del mundo, Exxon Mobil, empresa en la cual desarrolló prácticamente toda su carrera profesional. Desde esa posición, Tillerson tuvo que lidiar de cerca con ese toro llamado Vladimir Putin, por cuyo tablero pasa todo acuerdo que se cierre con el sector “privado” ruso.

Poco antes de dejar la dirección de Exxon Mobil para asumir el Departamento de Estado, Tillerson cerró con Rosneft un acuerdo de grandes proporciones para explotar conjuntamente el subsuelo siberiano. Putin le llegó a conceder la Orden de la Amistad, condecoración reservada para los extranjeros que han contribuido a la mejora de las relaciones con Rusia. 

Sin embargo, para Tillerson, “no deja lugar a dudas” el hecho de que Rusia intervino en las elecciones estadounidenses del 2016. Como todo indica que lo hizo en Reino Unido con el Brexit y en otras elecciones en el mundo occidental. Rusia quiere socavar la confianza en el sistema occidental y para eso opera a favor del populismo, utilizando sus granjas de posicionamiento de contenido en internet para difundir ideas que vayan contra la dirigencia establecida. Lo peor del caso es que eso pueden hacerlo con o sin conocimiento del populista al cual ayudan a conseguir el poder. Qué más les da. Lo que les importa a Putin y compañía es desestabilizar a Occidente para que se ocupen más de sus problemas internos y no de frenarlo internacionalmente en sus andanzas que pueden ser en Venezuela, en Crimea o en Siria. 

Un occidente desunido no le puede hacer frente efectivamente a Rusia y a sus aliados.

Para esa estrategia de Putin es muy importante un factor como Venezuela. Con la actual crisis, se tiene la sartén por el mango en la mayor situación de carácter político, social y económico que enfrenta América, que es decir Estados Unidos. Los venezolanos, envueltos en peleas internas, ¿sabrán que en el desenlace de su futuro operan fuerzas tan fuera de su alcance?

La internacional del populismo

Nicolás Maduro sabe que el 10 de enero quedará profundamente aislado internacionalmente, por eso se mueve intensamente en estos días en varios frentes. Más allá de su ignorancia en temas de Estado, Maduro es un hombre hábil en los escenarios más inmediatos. Esa astucia le permitió posicionarse como el heredero político de Chávez y le ha permitido aguantar en el poder más de seis años.

Maduro es un hombre de los Castro. Ahora que el poder de los dictadores cubanos se disuelve, se ha convertido en un hombre de Putin.

Esa fortificación de la relación con Putin lo ha llevado a estrechar lazos también con el turco Erdogan. Además, cuenta con el alivio de la llegada al poder en México de Andrés López Obrador. En este grupo de populistas también están el sirio Bashar Al Assad, el boliviano Evo Morales, el nicaragüense Daniel Ortega, el cubano Miguel Díaz-Canel, el norcoreano Kim Jong-Un, el bielorruso Aleksandr Lukasjenko y otros dictadores en la órbita de Moscú. China mira a la distancia, con un pie dentro y otro afuera.  No los une la ideología. Aquí coexisten la derecha, el capitalismo de Estado, el castro-comunismo, el Baath, entre otros. Lo que los une es el populismo. Podemos llamarla la Internacional del Populismo.

No es poca cosa. Maduro estará aislado del mundo democrático a partir del 10 de enero, pero no estará solo. Estados Unidos y la Unión Europea tienen planificado redoblar el sistema de sanciones a los jerarcas del régimen, pero estos están aprendiendo a vivir fuera de Disney y el barrio de Salamanca en Madrid. Los operadores tipo Alejandro Andrade, Raúl Gorrín, Francisco Convit, Javier Alvarado o Nervis Villalobos cometieron el bendito error de esconder el dinero en el sistema financiero occidental, pero los peces gordos tomaron hace tiempo la precaución de esconder el botín en lugares como Singapur, Rusia, Turquía, Hong Kong o Dubai.

No es poco el soporte del régimen. Lo que juega en su contra es algún tipo de insurrección producto de la profunda crisis económica, posibilidad que no se puede prever cuándo sucederá. Lo mismo explota mañana que no ocurre nunca. Sin embargo, esa presión interna y externa ha sido hasta ahora lo suficientemente fuerte como para que el régimen se abra a la posibilidad de una salida negociada. En este sentido, se continúan las conversaciones para que en el 2019 se produzcan unas elecciones generales, como adelantó El Nuevo País el 26 de septiembre. La idea viene de la Unión Europea, sobre todo de España.

Son las cartas que hay: o insurrección interna o elecciones generales. No habrá solución militar. Internamente, las Fuerzas Armadas no pueden movilizarse por la intensa supervisión sobre los militares por parte de los servicios de inteligencia de la dictadura. Luego, no habrá intervención extranjera por dos poderosas razones. La primera es que el Grupo de Lima la descarta porque la situación interna de Venezuela es un gran charco de gasolina esperando por un chispazo para explotar, y el alcance de una explosión de este calibre es imprevisible. En Venezuela conviven la guerrilla, mega-bandas delincuenciales, grupos paramilitares llamados colectivos, garimpeiros y demás mafias. Estados Unidos está de acuerdo, además de que no pretende enemistarse con la región actuando unilateralmente. Bastante ha costado que Latinoamérica vuelva a mirar con buenos ojos a Washington tras la deriva izquierdista de los últimos veinte años. La segunda razón para no invadir es más personal, y pertenece a Trump. El catire no abrirá un frente como ese con Putin o con Xi. Es una cuestión de negocios, y eso es sagrado para The Donald.

El extremismo, piedra de tranca para la transición

Esa negociación para alcanzar una solución electoral a la crisis venezolana, respaldada por la comunidad internacional, se da a la par de otra negociación. La oposición ha hecho de la desunión su bandera y ha dilapidado casi todo el capital político alcanzado en diciembre del 2015 cuando ganaron la Asamblea Nacional. Sin embargo, lo poco que le queda de esa fecha sigue siendo suficiente para que esa institución sea el pilar sobre el cual se erija la transición. Es por ello que los sectores más radicales, tanto en la izquierda como en la derecha, buscan dinamitarla como sea.

La anulación de la Asamblea Nacional ha convertido en extraños compañeros de cama al radicalismo chavista, liderado por Diosdado Cabello, y al radicalismo opositor, liderado por María Corina Machado. A la extrema izquierda esto le conviene porque sin el parlamento no hay transición, y este grupo señalado por organismos internacionales como narcotraficantes y violadores de Derechos Humanos no tiene escapatoria de la justicia. En el caso de la extrema derecha, que utiliza en la coyuntura a factores de izquierda como La Causa R o Alianza Bravo Pueblo que luego desechará por evidente incompatibilidad, no quieren compartir la transición con otros partidos políticos que no comparten con ellos los mismos intereses económicos.

Esa confluencia de intereses entre Cabello y Machado es cada vez más evidente. Nada indica que sea intencional, pero ocurre en la práctica. El jefe chavista dejó caer en su programa de televisión que él podría presentarse en la legítima Asamblea Nacional con algunos de sus diputados para inclinar la balanza a favor de una presidencia parlamentaria encabezada por Acción Democrática. Es normal en Cabello sembrar división en el seno opositor. Lo ha hecho durante años y utiliza abiertamente todos sus medios para eso. Sin embargo, aún conociendo esta forma de actuar, el diputado Américo De Grazia, de La Causa R, tomó la palabra de Diosdado como prueba irrefutable y propuso tanto a Primero Justicia como a Voluntad Popular quebrar ellos mismos el acuerdo para aislar a Acción Democrática. Es decir, quebrar el acuerdo porque el otro, supuestamente, lo va a quebrar.

Queda claro que el fin de los ultras, tanto rojos como turquesas, es quebrar la unidad de los partidos opositores Primero Justicia, Acción Democrática y Voluntad Popular.

Lo cierto es que Acción Democrática ha desmentido por activa y por pasiva la posibilidad de arrebatarle a Voluntad Popular la presidencia de la Asamblea Nacional, importante cargo que le toca en el 2019 según el acuerdo suscrito por los partidos opositores en el 2016. A los adecos les toca la primera vicepresidencia y a Primero Justicia la segunda vicepresidencia. Será la prueba de fuego histórica para Leopoldo López. Puede pasar de líder a estadista si bajo la jefatura de su partido se corona la transición a la democracia. Para esto, el primer paso es desoír los cantos de sirena del extremismo.

Con la posibilidad de las elecciones generales con altas probabilidades de fructificar, en el seno de la oposición se discute la posibilidad de unas primarias internas para calmar las aguas y unificar criterios.

Luego de un 2018 de calma chicha, marcado más por las peleas  internas opositoras que por otra cosa, el 2019 puede reactivar lo realmente determinante: la transición a la democracia. Todo dependerá de que el extremismo lo permita.

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Francisco Poleo
Francisco Poleo

Director Ejecutivo de El Nuevo País (www.elnuevopais.net) y Zeta (www.revistazeta.net). Vicepresidente Ejecutivo del Grupo Editorial Poleo. Twitter: @franciscopoleor.

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