River-Boca: la Superfinal “maldita”

 

Foto: Cortesía de La Verdad

Por Robeerto Mansilla Blanco. Corresponsal en España.

Lo que prometía ser una histórica final y una fiesta para el fútbol, la Superfinal de la Copa Libertadores de América entre River Plate y Boca Juniors, los dos grandes rivales de Argentina, se convirtió en un esperpéntico espectáculo que motivó su suspensión debido a la violenta agresión de los “hooligans”. Curiosamente, dos semanas antes, el partido de ida también debió ser suspendido, producto de las condiciones meteorológicas.

No habrá definición, por ahora, del campeón 2018 de la Copa Libertadores de América. La durante días anunciada como la Supefinal, incluso como “la final del mundo” y “de todos los tiempos”, entre dos rivales de jerarquía como el River Plate y el Boca Juniors, se ha visto suspendida indefinidamente el pasado 25 de noviembre tras la lamentable acción de los violentos del fútbol. Así, de la “Superfinal del Siglo” se pasó, tristemente, al “Papelón del Siglo”, al “Bochorno más grande del fútbol”.

El espectro de la suspensión, aunque por motivos diametralmente distintos, también se vivió en el partido de ida de esta Superfinal, pautado inicialmente para el pasado 10 de noviembre, en La Bombonera, el estadio de Boca Juniors. Unas fuertes lluvias que asolaron a Buenos Aires ese día motivaron a la postergación del primer partido de la final al día siguiente.

Finalmente, ese partido se jugó y terminó con empate a dos goles, en un vibrante espectáculo que revitalizó todas aquellas ilusiones, sobretodo en Argentina, de un posible renacer del fútbol en ese país tras los recientes fracasos internacionales. Incluso, los buenos resultados obtenidos por la nueva selección argentina bajo el mando del joven seleccionador Lionel Scaloni (40 años) y su renovación generacional “post-Messi”, habían despertado la ilusión en la fanaticada “albiceleste”.

Por ello, las expectativas (y también las tensiones) se fueron canalizando para el partido de vuelta, en el estadio Antonio V. Liberti, del Monumental de Núñez, la sede del River Plate. Allí se definía el pasado 24 de noviembre el próximo campeón de la Libertadores de América.

Pero su desenlace no tuvo nada que ver con el fútbol, sino con lo más indeseable que acarrean las pasiones de este deporte.

En el reino de los “barrasbrava”

Los protagonistas del sábado 24 no fueron los jugadores sino otros, los indeseables que siempre pululan en la gradas y también fuera de ellas. Son los tristemente célebres hooligans, que en Argentina son conocidos como los “barrabrava”. Grupos radicales rayando en lo delictivo, que han hecho de esta condición un “modus operandi”.

Horas antes del partido, pautado para las 5 pm hora bonaerense, un pequeño grupo de radicales emboscó al autobús que llevaba a los jugadores de Boca al estadio, lanzándoles gas pimienta y piedras cuando pasaba por la denominada Diagonal de Quinteros, una especie de “punto caliente” próximo al estadio Monumental. Los videos mostraban igualmente la pasividad ante el ataque mostrada por otros aficionados presentes, así como la ineficacia de los dispositivos de seguridad.

El resultado fue que seis jugadores de Boca quedaron afectados, entre ellos el capitán Pablo Pérez, junto a un juvenil convocado para el encuentro. Los dos fueron llevados inmediatamente al hospital Otamendi.

Si bien la comparación no es del todo pertinente, en particular porque afortunadamente no hubo víctimas mortales, en la memoria futbolera se comparó lo ocurrido en Buenos Aires con la trágica final de Copa de Europa en el estadio de Heysel (Bruselas) de 1985 entre el Liverpool inglés y la Juventus italiana, en la que murieron 38 aficionados del equipo italiano al ser aplastados una vez los hooligans ingleses derrumbaran una pared.

El capitán “boquense” Pérez resultó afectado con una úlcera ocular producto de una contusión. El parte médico consideró que el jugador debía estar de baja seis días, para poder recuperar la visión en ese ojo afectado en un 60%. Los medios enfocaron a Pérez con un ojo vendado, símbolo ineludible de una jornada bochornosa a todas luces.

Otros jugadores de Boca tuvieron que ser atendidos en los vestuarios del estadio de River por haber inhalado el gas pimienta y los gases lacrimógenos que la policía lanzó para dispersar a los “barrasbravas”. A todo ello se une el daño psicológico con el cual fueron afectados estos jugadores.

Pero lo sucedido genera obvias dudas sobre la transparencia institucional, en particular por parte de los operativos de seguridad, para garantizar su eficiencia. En allanamientos realizados horas antes de la final, se encontró en el domicilio de un conocido jefe de las “barrasbravas” de River, el “Caverna” Godoy, líder del grupo “Los Borrachos del Tablón”, unas 300 entradas para la reventa así como siete millones de pesos.

Otro caso muy comentado, videos y fotos mediante, fue la incautación de bengalas y explosivos en un cinturón improvisado de una niña que entraba al estadio con sus presuntos representantes.

Del mismo modo, el dispositivo del control policial en el estadio Monumental fue de todo menos un sistema de control: espectadores que permanecieron durante seis horas con mínimas medidas de seguridad, incluso con incidentes al salir del estadio. Fuentes del ministerio de Seguridad advirtieron que en el estadio habían unas 20.000 personas sin localidades.

¿Jugar o no jugar?

Las reacciones inmediatas fueron un maremágnum de rumores que empañaron aún más una jornada oscura. La CONMEBOL y la FIFA, en boca de sus respectivos presidentes Alejandro Domínguez y Gianni Infantino, presionaban por jugar el partido “a toda costa”, y hasta en dos ocasiones retrasaron ese mismo día el horario de su comienzo. Esta posición generó fuertes críticas por su indolencia hacia lo vivido por los jugadores afectados por la agresión violenta de los “barrasbravas”.

Bajo este ambiente de tensión, los presidentes de River y Boca, Rodolfo D’ Onofrio y Daniel Angelici, se vieron envueltos en esta vorágine no menos surrealista, para finalmente llegar a una especie de “pacto de caballeros” al anunciar la suspensión del partido hasta el domingo 25.

Incluso en los medios se especulaba con fuertes enfrentamientos verbales entre directivos de ambos clubes así como los presidentes de la CONMEBOL y la FIFA, en particular ante el trasvase de responsabilidades sobre lo que ocurrió, así como los presuntos intereses por jugar o no, por las eventuales sanciones y por las posibilidades de sacar ganancia (puntos y título mediante) ante este drama.

Un día después, la CONMEBOL finalmente decidió suspender indefinidamente el partido por “no existir las condiciones”. Una decisión racional pero que, en vez de ser completamente salomónica, evidencia la incapacidad de las principales instituciones del fútbol por solucionar un problema estructural, un cáncer que corroe las entrañas del fútbol, en este caso el argentino.

Este martes 27 habrá una reunión de la CONMEBOL en su sede de Asunción (Paraguay), para decidir cuándo se jugará la final. Se especula con el próximo 8 de diciembre, pero otros medios consideran que Boca pedirá una sanción severa a River, con la cual podría ganar la Libertadores en los despachos y no en el terreno de juego.

Todos son nubarrones y especulaciones sobre una final inédita, pero por lo oscuro y bochornoso. Porque de la “final de todos los tiempos”, la “Superfinal de América y del Mundo”, tal y como se “vendió” hasta la saciedad en el marketing de los medios durante los días previos, de lo que menos se habló fue precisamente de fútbol.

Un cáncer que deviene en metástasis

Una vez se conoció que la final de la Libertadores sería entre River y Boca, la Asociación de Fútbol Argentino (AFA) y la CONMEBOL, la confederación sudamericana, acordaron que, en los dos partidos, no se permitiría el acceso de aficiones rivales. Por tanto, los aficionados de River no pudieron acudir a La Bombonera, como los de Boca tampoco al Monumental. Ambos debieron verlo por TV.

Esta decisión ya es sintomática del enorme problema estructural que tiene el fútbol argentino con sus “barrabravas”. Un problema que lleva décadas y que demuestra una siniestra conjunción de intereses entre estos grupos claramente delictivos con la clase dirigente del fútbol, pero incluso con la clase política.

Si bien la decisión federativa supuso una medida pensada en evitar enfrentamientos entre los grupos radicales, la misma evidenció claramente la incapacidad institucional por remediar un mal que no sólo afecta al fútbol argentino sino también al internacional.

En ese enfoque se traduce el fracasado sistema operativo de seguridad. Se había informado de un impresionante despliegue de seguridad que terminó siendo un auténtico fracaso. Diversos medios reflejaron los videos en los cuales, al momento del ataque al bus de Boca, la seguridad brillaba por su ausencia.

Muchos rumores hablaron de presuntos manejos oscuros que propiciaron este ataque. En todo caso, las miradas estaban enfocadas en la ministra del Interior, Patricia Bulrrich, quien había asegurado días antes del partido que todo estaba bajo control.

Sus palabras parecían indexar la seguridad del River-Boca con la que tendrá Buenos Aires de cara a su organización, el próximo 29 de noviembre, de la cumbre del G-20, en la que recibirá a los grandes mandatarios del planeta. Pero lo vivido el sábado 24 deja en evidencia estas expectativas de seguridad, en particular ante las presumibles protestas antisistema en un país como Argentina, proclive al activismo político contestatario, no menos radical y violento.

Los precedentes en el fútbol argentino no parecen certificar si finalmente logrará aprenderse algo de esta lección. En 2015, en cuartos de final de la Libertadores, River y Boca se enfrentaron en una candente eliminatoria en la que los “barrasbravas boquenses” lanzaron gas pimienta a los jugadores de River en pleno partido en La Bombonera, lo que motivó la suspensión de Boca y la clasificación de River. Muchos aducen que lo ocurrido el pasado sábado 24 fue una especie de “venganza” para los “barrasbravas” de River.

Incluso, la semana pasada, en un partido de segunda división, los “barrasbravas” del club All Boys protagonizaron una batalla campal con la policía tras un enfrentamiento con el club Atlanta. Una escena que viene reproduciéndose frecuentemente en el fútbol argentino.

Todo ello confirma una metástasis que carcome el fútbol de uno de los países con mayor tradición futbolera a nivel mundial, donde la pasión desbordante en las gradas ha causado incluso la envidia en otros países, principalmente en Europa. Pero que, tras lo ocurrido el pasado 24 de noviembro, deberá ahora meditar y convivir con la vergüenza de lo sucedido en nada más y nada menos que una Superfinal de la Libertadores de América.

Como bien comentó un providencial editorial del diario Clarín horas después de lo ocurrido: lo que parecía ser una gran fiesta del fútbol terminó siendo “el enésimo fracaso del país barrabrava”.

 

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