Columnas Bárbaras: Jugando a Dios con nosotros en la sobremesa

Populismo
Foto Alberto D. Prieto.

Por Alberto D. Prieto

Comí el jueves con viejos amigos, muy creyentes todos ellos. Son escenas curiosas, tratamos de respetarnos y lo logramos, porque comentarios opuestos a lo que el otro piensa los hay, pero nadie se ofende ante ellos.

Son creyentes y divinos, y ante todo gente inteligentes, con inquietudes cercanas a la hiperactividad del conocimiento, esponjas preguntonas y frontones que  devuelven todas las bolas dialécticas. Un auténtico placer de sobremesa, oiga. Un desafío al intelecto y un maná de aprendizajes.

En lugar de recordar los tiempos del patio en el colegio de curas, entre el segundo plato y el postre del menú del día que nos hicimos, salió el tema de la inteligencia artificial y los big data. Todo eso que a nuestros cuarenta y tantos deseamos que nos quede demasiado lejos para hacer como que no nos va a atropellar. Ilusos.

Hace un par de semanas, salió la noticia de que la Policía española había desarrollado un programa por  el que era infinitamente más fácil saber cuándo una denuncia es falsa. Hay unos parámetros que, introducidos en un algoritmo, permiten que el agente que sospecha de que se la están queriendo colar acierte, en lugar del ya altísimo 75% al que llegan los polis expertos, a un 90%.

Magnífico, se podría pensar, el ahorro que supondrá, en tiempo y dinero del contribuyente, evitarse esos 15 puntos porcentuales de pesquisas vanas. Pero claro, si los ordenadores listos se pueden implicar en ese tipo de decisiones, ¿quién le va a decir a los coches autónomos qué vida elegir ante una colisión inevitable? ¿Cómo se ponderan las vidas huamanas? ¿De verdad seremos tan pragmáticos de introducir patrones al superprograma inteligente para que decida salvar a la embarazada por delante del viejo? Son dos vidas en lugar de una, y visto así…

¿O vamos a lavarnos las manos? Claro, porque ¿con qué cuajo le decimos a la máquina que en caso de colisión moral evite a la gestante y opte por la colisión mortal del jubilado? Los humanos no tenemos  derecho a decidir sobre la vida de otros humanos, dice el Altísimo, así que que decida la máquina… ¿Vamos a dejar a las máquinas decidir quién de nosotros vive?

O peor. Si con el alto procesamiento de datos ya no va a importar por qué ocurren  las cosas sino cómo sabemos lo que va a ocurrir a partir de unos condicionanates repetitivos… ¿no podremos adivinar el futuro un poco? Y, con ello, ¿no podremos manipularlo, anticiparlo, acelerarlo… provocarlo?

Nos retiraban los platos cuando llegábamos ahí.

Decimos que en Occidente estamos viendo el crecimiento de los populismos,  consecuencia de una crisis del sistema económico combinada con presiones demográficas y guerras exteriores con alto componente migratorio. Vamos, algo muy parecido a lo que pasó en los inicios del siglo XX, cuando estalló la Gran Guerra y, mal  cerrada, se encadenó con la siguiente y hubo que renombrarlas con números romanos.

Pues oigan, con un poco de maña y mala leche, quizás alguien esté en condiciones de ir provocando hechos concatenados que vayan generando escenarios que nos aboquen a repetir la historia. O quizá ya está pasando y hay alguien jugando a Dios con nosotros.

Decimos que en España estamos viendo el crecimiento de los nacionalismos, consecuencia de un cainismo secular, una tensión territorial hilvanada a duras penas en la Transición democrática, y alimentados todos por nuestra tendencia al tremendismo: o la vida es maravilloso y vivimos a crédito, o todo es un horror, el paro alcanza el 28% de la población activa, y la culpa es del Rey. Vamos, lo mismo que cuando Alfonso XIII salió por piernas en 1931, como su abuela Isabel II en 1868, y ambos dejaron atrás de la frontera una república en España.

Y entonces uno elucubra que con algo de habilidad y unos medios adecuados, puede que alguno vaya a imaginar cómo generar realidades que, bien estudiados los modelos del pasado, se sepa que con mucha probabilidad nos van a llevar a lo mismo que entonces. Es más, uno puede maliciar que puede ser que ya esté pasando: hay un gobierno de aluvión entre izquierdas, izquierdas radicales y separatistas de todo pelaje; hay una declaración de independencia cortada con la fuerza de la ley -pero vigente el desafío-; hay bronca parlamentaria, manifestaciones indignadas a diario, cuestionamiento legítimo del sistema, de la Constitución y de los poderes básicos.

Y hay unos políticos que nos lideran a los que querríamos poner en la frontera, como aquellos reyes, de lo mediocres que son. Cuando acabamos los cafés, y por muy creyentes que sean mis amigos no habían elegido un restaurante como Dios manda, así que el camarero no nos ofreció una copa. Habría estado muy bien seguir la disertación y asustarnos más unos a otros regando las ideas peregrinas con el alcohol que liberaba las mentes de los que escribieron nuestra azarosa historia. Pero pagamos, nos levantamos y nos despedimos.

Fernando se irá a Japón a pasar la Navidad viendo un torneo de su hijo, Yago ha trucado su patinete eléctrico para que corra más, Vicente ha invitado a un exvicepresidente a una conferencia y Ricardo me emplazó a ir a una charla de un colegio mayor.

Por mi parte, yo ya les seguiré contando por aquí, que manipulada o no, la vida sigue. Aunque mejor no pensarlo. Un saludo.

Alberto D. Prieto es jefe de sección de EL ESPAÑOL

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