El Diario de Jurate: Los tres clavos del ataúd

Por Jurate Rosales.

Las tres medidas más recientes que terminan de coronar la destrucción definitiva del país  son:  1º una economía basada en una moneda ilusoria (además de equivocada) como lo es el petro; 2º la fase final de la destrucción de Petróleos de Venezuela, PDVSA; y 3º la eliminación del sistema de escalafón, contratos colectivos y retribución por el trabajo ejecutado, en el campo laboral nacional.

Estas tres medidas son los tres clavos que terminan de sellar  el ataúd de la economía nacional, pero antes de analizarlos uno por uno, es imprescindible notar que quienes están censados oponerse a este entierro del país, que son los líderes de la oposición, viven en una ilusión más mortífera que la de los asesores de Maduro. Cuando el mundo entero grita que Venezuela se está desmoronando, en la oposición que debería ser la salvación del país, hay cuatro gatos que no son capaces de entenderse para formar un solo frente unido eficiente y salvador.

Entonces, vamos por partes. Empecemos con el petro, la criptomoneda que inventó Maduro cuando se le acabaron las reservas del Banco Central.  Los consejeros de Maduro encontraron que la mejor manera de tapar el saqueo, será inventar una cripto moneda que llamaron  el petro y dijeron que ella representa el petróleo que no ha sido explotado, pero allí está, debajo de la tierra. Cuando se percataron que esto no funcionaba, le agregaron el supuesto respaldo del oro, diamantes y otros metales. Con todos esos remiendos, el petro es ahora un arroz con mango, que no posee las características de una criptomoneda normal y por lo tanto, no puede funcionar. (Recomiendo a los lectores de Zeta el artículo explicativo de Alex Vallenilla acerca de los errores que invalidaron el petro, intitulado “Según el propio Maduro el petro no es seguro”). Alex Vallenilla explica que el petro, al ser una criptomoneda, por su naturaleza no es “hackeable” y la mera declaración de Maduro de que fue “hackeada” por Estados Unidos y Francia, indica el desconocimiento de cómo funciona ese mercado.

Vuelvo a preguntar: quién o quiénes asesoran al gobierno en este renglón?  Con razón, la supuesta solución a través del petro, anunciada, reanunciada y re-reanunciada por Maduro en persona, no logra arrancar. El actual intento – el tercero, vuelve a tener el lastre de que, nuevamente, no hay ni habrá confianza.

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Pasemos ahora al tema de PDVSA cuyo martirio duró 20 años hasta dejarla en su último aliento.  En  diciembre 1998, estando Chávez ya electo, entrevisté al entonces presidente de PDVSA Luis Giusti. Se trataba de explicar  en la revista Zeta, los planes que estaban ejecutándose para subir la producción de PDVSA de los 3 millones de barriles diarios que producía en aquel momento,  a 6 millones de b.d. en un plazo, no recuerdo si de tres o cuatro años.

No contaron con Chávez, quien no podía conformarse que la gallina de los huevos de oro funcionara sin que él le metiera la mano. En un solo día, Chávez con un pito en la boca, descabezó PDVSA de sus más competentes operadores. La empresa ranqueada en 1999 como la segunda del mundo en materia de eficiencia de su personal y primera en seguridad laboral, fue transformada en albergue de chavistas desempleados.

En 1999, fecha del advenimiento de Chávez, PDVSA tenía una nómina de 51.000 trabajadores produciendo 3 millones de barriles diarios. En 2017 la nómina era de 143.000 trabajadores y para fines del año 2018, la previsión de su producción es de 1 millón de barriles diarios… si acaso. Su endeudamiento en junio 2018 era de US $41 mil  millones, que obviamente, no puede pagar. La ejecución por los acreedores de su última posesión productiva, la refinería Citgo en EE.UU., filial de PDVSA, es una posibilidad latente. Con el desastre de PDVSA, Venezuela está dejando de ser un país petrolero.

El golpe final, sin embargo, no es tanto la destrucción del maná petrolero y ni siquiera algo tan catastrófico como  la devaluación que se calcula en 1.000.000% para diciembre. Lo más grave es la medida oficial que niveló todos los sueldos del país – tanto en el sector público como en el privado -, a un solo monto llamado “salario mínimo”, barriendo de un plumazo los escalafones de sueldos y salarios, los contratos colectivos, los aumentos adquiridos por antigüedad o por pasar a cargos de mayor responsabilidad. Del día a la mañana, por ejemplo, el médico que opera en el quirófano, que llevó 10 años de estudios especializados para graduarse de cirujano,  y el barrendero del hospital, ganan la misma cantidad mensual de bolívares devaluados.

Se trata de la destrucción del esfuerzo, conocimiento, competencia y logros. Se trata de la destrucción final de un país. En este momento, las renuncias son miles y la parálisis se está instalando en los sitios de trabajo, mientras que las manifestaciones de calle, principalmente de los profesionales en cualquier ramo, inundan el país. Otra consecuencia será que los hasta ahora 2 millones y medio de venezolanos que se fueron de Venezuela, pronto serán el doble de esa cifra. Si en medio del hambre, inseguridad y ausencia de servicios, todavía había un sector de la población que no emigraba por cuidar un sueldo pese a lo devaluado que era, este incentivo se desvaneció.

Entretanto, la mayoría de los líderes de la oposición parecen vivir en una cápsula del tiempo, ajena a lo que ocurre en el país. Cuidan una parcelita política hasta más ilusoria que el Petro, sueñan con un  petroleo que ya no existe, no comprenden que pronto, el suyo será un país sin cerebros, sin mano de obra y sin progreso a la vista. No entienden que ellos son los que deben – o debían – ser el sector que más acepte sacrificarse y asumir – hermandad, igualdad y unidad mediante -, la tarea conjunta de recoger escombros, montar andamios y  e

Jurate Rosales

Directora de la Revista Zeta, columnista en El Nuevo País con la sección Ventana al Mundo. Miembro del Grupo Editorial Poleo.

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