Democracia, prensa, Jefferson y Carmen Calvo

Por ALBERTO D. PRIETO

***La libertad de todos se defiende desde cualquier ideología, pero siempre con más libertad.

Thomas Jefferson es mi nuevo héroe. Yo pensaba que sólo era un afrancesado, siempre creí que cuando mis antepasados gritaron “¡vivan las cadenas!” y, a piedras y palos, echaron al rey José I, el hermano de Napoleón bautizado injustamente como Pepe Botella por su presunta afición a la frasca -a ver quién no se atizaba todo el vino que le permitieran sus bolsillos en aquella España-, perdimos nuestra penúltima oportunidad de ser un país moderno.

Yo siempre creí que la Revolución Francesa, con su declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, con su toma de la Bastilla, con sus jacobinos y el cambio de paradigma en el que uno, por muy pobre que fuera -prostituta por necesidad, campesino por herencia o desheredado en general- pasaba a ser tan digno sobre los papeles de la ley como el hacendado, el conde o el rey, constituía el acta fundacional de las sociedades occidentales.

Desde que saqué aquellas conclusiones, de adolescente, leí a los clásicos gabachos del XIX con avidez y orgásmico placer, visité París unas cuantas veces y estudié la lengua de Victor Hugo con la sensación de que me apuntaba a un club privilegiado. Pero siempre hay algo que aprender, y me he topado con una lección del ayer para el hoy, que tenemos un Gobierno que se defiende atacando a la prensa que sólo cumple con su obligación: publica sus miserias.

En la facultad de Periodismo aprendí un poco de historia de mi oficio y supe que la francesa había sido consecuencia y causa de las diferentes etapas de la Revolución Industrial. Así que consulté a Dickens y a Wilde, aprendí su versión del despertar racionalista y liberal del otro lado del Canal de la Mancha y terminé de enamorarme de los locos que un día pensaron en fundar gacetillas para contar las cosas.

¿Que se daba licencia para un mercado? Un suelto lo avisaba con antelación, y allí acudían de las comarcas vecinas. ¿Que un doctor corregía con una operación audaz una pierna que una fractura mal curada había dejado deforme? Se publicaba una crónica sobre los hechos y ese matasanos adquiría fama y fortuna. ¿Que se abría una nueva ruta marítima con el Nuevo Mundo? Los aventureros y los productores de bienes se lanzaban a echar cuentas de sus nuevas posibilidades tras leer el artículo.

Pero, sobre todo, de las prensas tipográficas salían titulares y columnas que analizaban el proceder de los gobernantes. Se conquistaba poco a poco la libertad de conciencia, de información, de expresión, de crítica, para que reyes, validos, duques y ministros dejaran de ser impunemente omnipotentes. Y las nuevas publicaciones entregaban, así, las llaves de su vida al pueblo. Todo esto pasaba a la vez que se democratizaban a sangre y arcabuces las sociedades, se conquistaban derechos y se dividían los poderes: así que al Ejecutivo, al Legislativo y al Judicial se unió el de la prensa, el Cuarto Poder, con el encargo de controlar a los otros tres.

A los periodistas nos está, pues, encargado preguntarnos por todo, no dar nada por hecho, cuestionarnos hasta lo más sagrado y no permitir que los prejuicios y las verdades oficiales gobiernen nuestro día a día. Y si algo huele mal, debemos remover la basura por un doble objetivo: desenmascarar al tramposo y vender más periódicos (ahora, conseguir más clics en nuestras publicaciones digitales).

Como en todo, hay abusos y siempre los hubo. Pero al empezar a someterse los gobernantes al escrutinio electoral siempre se los podría desalojar de manera incruenta tras un mal proceder. Y al depender la prensa de la aceptación pública de quienes debían confiar en ella para adquirirla y leerla, más les valía a los editores no mentir, ser confiables.

Todo esto he pensado siempre, pero esta semana he tenido que saltar el charco y añadir otra estampita a mi altar racionalista de escribidor apasionado con su profesión, Thomas Jefferson, que viajaba por Europa en aquel glorioso 1789 antes de ser elegido presidente de EEUU.

Cuando la vicepresidenta, Carmen Calvo, nos advirtió el jueves de su última reflexión todos los demócratas nos tentamos la ropa. En menos de cuatro meses en el Gobierno, Pedro Sánchez ha tenido que soltar lastre con dos ministros y ahora aguanta a otros dos cuyas vergüenzas tapadas con falsedades amenazan con hundir su precaria nave. Y como siempre, el animal herido y acorralado lanza zarpazos: “Hay que acabar con eso de que la mejor ley de prensa es la que no existe, tenemos que intervenir la regulación de la libertad de expresión para luchar contra la mentira”, dijo la número dos del Ejecutivo.

A las pocas horas, Sánchez se sumaba a la fiesta respondiendo a un entrevistador de Reuters que le preguntaba por la zozobra de su equipo ministerial. Según el presidente “las ‘fake news’ estaban poniendo en riesgo la democracia”.

Puede que fuera la parálisis de la impresión, pero ¡caray! Ambos, jefe y vicejefa se libraron de la repregunta que tocaba: “Oiga, ¿y cuál de las historias que hemos publicado ha resultado ser mentira?” ¿Acaso no era verdad que Màxim Huerta había defraudado a Hacienda, motivo por el que duró una semana como ministro de Cultura? ¿No resultó cierto que Carmen Montón había plagiado su trabajo fin de máster y por eso tuvo que irse? ¿Son falsas las cintas de Dolores Delgado, titular de Justicia confesando lo inconfesable a un excomisario hoy en la cárcel por corrupto y extorsionador? ¿Y no ha tenido que admitir sus irregularidades fiscales Pedro Duque, ministro de Ciencia?

Los cuatro miembros del Ejecutivo empezaron mintiendo, en mayor o menor medida, para defenderse. De hecho, ha sido eso lo que ha destrozado su imagen ante la opinión pública, mucho más que sus pecados originales, que no dejan de ser errores de interpretación ante el fisco, amistades peligrosas o cierta ligereza académica… quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. Pero el líder del Gobierno quiere consolidar su precaria posición amenzando con querellas por sus propias faltas -lo de la tesis irregular de Sánchez, con ser insostenible, parece que fue hace siglos con tanto ministro en los titulares- y su segunda, esgrimiendo la censura como solución a que la prensa les controle.

Éste es el Gobierno que presume de que su limpieza moral viene a responder a las ansias del ciudadano por una clase política irreprochable. Y envuelto en esa bandera ha justificado el reparto entre sus afines de las poltronas en las empresas del Estado, la purga de periodistas críticos en los medios públicos, el intento de laminación de los poderes del Senado donde la mayoría es de la oposición… y ahora quieren sujetar a su gusto una cremallera en la boca de la prensa, salvaguarda constitucional -artículo 20- del derecho a la información veraz del ciudadano, ése que nació como tal en el París de 1789.

Fue el 13 de julio de ese año, la víspera de que los miserables se levantaran por la libertad, la igualdad y la fraternidad, que Jefferson reflexionó en alto y se ganó su futura Presidencia de EEUU: “Si dependiese de mí decidir si deberíamos tener un gobierno sin periódicos o periódicos sin gobierno, no vacilaría un instante en preferir lo último”.

Porque la prensa libre es la guardiana de todo esto y si a uno no le gusta un periódico de derechas, siempre hay uno de izquierdas. Hay tantas líneas editoriales como emprendedores, y para que éstos existan hace falta educación y más prensa libre que los forme e informe. La libertad de todos se defiende desde cualquier ideología, pero siempre con más libertad. Como dijo Jefferson para terminar su discurso, “todo hombre debe recibir esos papeles y ser capaz de leerlos”.

Alberto D. Prieto es Jefe de Sección de EL ESPAÑOL

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