The New York Times, Cuba y Venezuela desenmascarados

Por.- Elizabeth Burgos

The New York Times, con fecha 11 de septiembre publica un editorial dedicado al conflicto venezolano, titulado: “Presidente Trump: no interfiera en Venezuela”. Está firmado por el Comité Editorial, al mismo tiempo que especifica que “el Comité Editorial representa las opiniones de The New York Times, de su director y de su editor. Está separado del resto de la redacción y de la sección de Opinión”.

No deja de intrigar esta segunda entrega en relación a la crisis venezolana en un lapso de tiempo tan corto. El sábado pasado 8 de septiembre, el mismo órgano publicó un artículo inspirado en informaciones filtradas por funcionarios estadounidenses y un excomandante militar venezolano quienes participaron en conversaciones secretas entre funcionarios estadounidenses y militares venezolanos que planeaban derrocar a Maduro. Los rebeldes venezolanos solicitaban ayuda técnica para realizar su proyecto, en particular en materia de comunicaciones. El gobierno norteamericano no accedió a la demanda por considerar poco sólido el grupo implicado en el proyecto.

Vino entonces una segunda entrega, la del 12 de septiembre, que  es de hecho una toma de posición y una crítica tajante del Comité Editorial de The New York Times al gobierno de Donald Trump, porque si bien se “consuelan” por la decisión del presidente de negarles la ayuda a los rebeldes, les inquieta que “Donald Trump y sus asesores tomaran la decisión correcta por las razones incorrectas: es decir, por la falta de confianza en el éxito de la operación y no por la idea de una intervención en sí misma”. “EE. UU. no debe involucrarse en golpes de Estado, punto”, es la frase tajante con la que empieza el editorial.

Por otra parte, el artículo no escatima en críticas hacia el gobierno venezolano: en realidad es de una radicalidad poco común contra Nicolás Maduro, al que califica de “líder electo de manera ilegítima que ha encaminado a su país hacia un desplome político, económico y social catastrófico”.

El texto admite que “debido a la crisis en Venezuela, no es descabellado que diplomáticos estadounidenses se reúnan con todas las facciones opositoras, incluido oficiales militares rebeldes, para tener el pulso del rumbo del país.” (Deberían decir que así proceden todas las diplomacias serias del mundo). Sin embargo, el editorial considera que el hecho de haberse celebrado tres reuniones con los conspiradores, comienza a parecerse a una colaboración.

Prosiguiendo el análisis de texto del artículo, este toma un giro pedagógico dirigiéndose hacia el presidente Trump. Alude a una declaración del presidente referente a una “opción militar” para Venezuela, y a varias del senador Marcos Rubio en el mismo sentido, y le recuerda la “dolorosa historia de injerencia estadounidense en América Latina y los intentos recientes de interferir en otros sitios para destituir  dictadores e instalar democracias”.

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El texto prosigue haciendo un recuento de todas las intervenciones que EE. UU. “orquestó” en América Latina. Desde la destitución de Jacobo Arbenz, la invasión de Playa Girón, el golpe de Estado en Brasil, el derrocamiento de Salvador Allende, el apoyo a los contras en Nicaragua, la invasión de Granada, el apoyo a gobiernos represivos.

Como es usual, la visión de la izquierda estadounidense y la europea con respecto a América Latina, es la visión forjada por el castrismo: es una zona sin historia, sin iniciativa, dócil, sin poder de decisión alguna, sin contexto, sin contradicciones, en la que  EE. UU. “orquesta” todo.

Una vez terminada la clase de pedagogía, el editorial da un consejo que es la fórmula mágica para la solución del conflicto: “Hay una buena manera de presionar al régimen venezolano, (…) promover una transición negociada a través del endurecimiento de sanciones enfocadas en Maduro y sus secuaces, quienes han afianzado un sistema autocrático y corrupto”.  Y termina dando la solución del problema venezolano y aquí reside, a mi parecer, el verdadero objetivo del editorial del Comité Editorial: “Cuba, que depende de Venezuela por el petróleo y que tiene una buena relación con Maduro (sic), debería ser incentivada a aprovechar esa cercanía”.

Por supuesto parece tratarse ¿de un anzuelo?, de ¿una mano tendida?, ¿de una pipa de la paz, tendida a Trump? Todas las preguntas caben, viniendo del órgano periodístico que más ha atacado a Trump desde que presentó su candidatura. La relación entre el NYT y Trump es de una guerra abierta. El tono del editorial contrasta con el nivel de hostilidades que hasta ahora han mantenido.

Es difícilmente creíble que proponerle a Trump, -quien ha puesto entre paréntesis las relaciones con Cuba que su predecesor Obama había dejado en un punto bastante alto-, que la “buena manera de presionar a Maduro es acudiendo a la ayuda de Cuba”, sin que la idea no haya sido consultada de antemano con Cuba.

Varios indicios de que Cuba intervenga en una posible negociación entre el régimen venezolano y el resto de los actores involucrados en el conflicto, se han publicado en diversas ocasiones. Conociendo la manera solapada de actuar del aparato cubano, este no sería ajeno a la propuesta que hace The New York Times.

De tomar cuerpo esa opción, Cuba se anotaría  un nuevo triunfo como sucedió con las Negociaciones de Paz entre las FARC y el gobierno colombiano. Las FARC y Cuba no lograron imponer al candidato  Petro en la presidencia, por ahora, pero indudablemente Cuba ha logrado hacerse en Colombia un enorme espacio político. Aceptar a Cuba como el negociador milagro, significaría una seguridad para la continuidad del proyecto castrista en el continente, bastante debilitado en los últimos tiempos con la pérdida de Brasil, de Ecuador y de Argentina, a lo cual se agrega la crisis del aliado principal junto a Venezuela, que es Nicaragua.

Significaría también oficializar la condición de Venezuela como apéndice cubano. Al mismo tiempo Trump se vería obligado a reactivar las relaciones con Cuba, lo que le facilitaría a la isla la inversión de capitales que necesita con urgencia para desarrollar su industria turística y paliar así su dependencia económica con Venezuela.

Y si se toma en cuenta la situación de acoso ejercido por el partido demócrata y el hostigamiento de amplios sectores de la sociedad civil contra Donald Trump, no sería imposible pensar que este acepte la solución que le propone el NYT, y logre ver en ella, una suerte de triunfo diplomático.

La capacidad de seducción de La Habana es infinita. No sería imposible ver en La Habana hoteles de lujo destinados al turismo, construidos por la empresa de construcción de Trump. El pragmatismo castrista, al final, se entendería mejor con el pragmatismo del negociante Trump, que con un intelectual como Barack Obama.

En todo caso, es necesario admitir, que en relación a Venezuela, la administración Trump ha actuado con bastante cuidado. No podemos decir que haya actuado con precipitación y lo demuestra la negativa de ayuda
al grupo de militares que acudieron pidiéndola, por la poca confianza que le inspiraron. También por la serie de giras de los diferentes responsables de Washington para tratar el tema de Venezuela con los gobiernos de la región.

Para comprender mejor la larga relación entre el régimen cubano y The New York Times, es necesario remontarnos al comienzo de la aventura de Fidel Castro, cuando el desembarco desastroso del yate Granma (el naufragio según el Che Guevara) en diciembre 1956, fue atacado por el ejército de Batista. La prensa cubana publicó la noticia de la liquidación del grupo de combatientes y la muerte de  Fidel Castro. El NYT le dedicó un editorial al acontecimiento, “a la lucha de esos jóvenes que han dado la vida”. Una vez el grupo de Castro reunido y organizado, el movimiento toma contacto con el NYT que destaca a la Sierra Maestra a un enviado especial: Herbert Matthews, amigo de Hemingway con quien había cubierto la Guerra civil en España.

A su regreso a EE. UU., Matthews publica tres artículos sobre la guerrilla de la Sierra Maestra y una larga entrevista de Fidel Castro; en primera página, una foto con el fusil en la mano y la firma del líder cubano. El régimen de Batista aparece debilitado. Cuba y el mundo se enteran de la existencia de la guerrilla cubana, nada menos que a través del NYT de reputación mundial. A partir de entonces, nace el mito de Fidel Castro forjado por un periodista estadounidense y difundido por el diario de mayor prestigio entre la izquierda y la intelectualidad del “imperio”.

En varias ocasiones diferentes actores políticos y analistas, han expresado la idea de darle a Cuba la preeminencia de un diálogo en el conflicto venezolano, como la única opción de éxito.  Hasta ahora Cuba no se ha manifestado al respecto. Sin embargo,  no es lo mismo, que una proposición, de hecho el aval, provenga de The New York Times, es decir, de Estados Unidos. Por lo que pueden darse sorpresas…  Lo que significaría que una vez más, los sectores de oposición de Venezuela, tal vez se vean de nuevo frente a una situación compleja que va más allá de su comprensión y de sus capacidades.

Entretanto, se escuchan voces de afuera y de adentro abogando por la unidad, como una condición para salir de la tragedia. Parecería una invocación mágica que responde a una tendencia muy de la idiosincrasia del país, que supone que decir es hacer.

No se puede crear una unidad antes de saber de qué se nutre dicha unidad. Para comenzar, se requiere crear alianza entre los diferentes  componentes del complejo escenario venezolano, que además,  vaya más allá de los límites del país, por lo que es necesario despojarse de paradigmas obsoletos: despercudir la manera de mirar. Una mirada global que tome en cuenta el adentro y el afuera y se despoje del personalismo pequeño, y se proyecte con la amplitud que exige la situación. La proyección del conflicto venezolano es mundial, porque así lo impone la  mundialización que estamos viviendo.

El paradigma venezolano es el de una sociedad enfrentada a una crisis violenta de modernidad que no puede ser asida con los instrumentos conservadores y tradicionales del pasado, teniendo al mismo tiempo en cuenta, su propia historia.

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