Vota aquí si quieres que Aylan muera a otra hora

Por.- Alberto D. Prieto

Hoy voy a hacer demagogia. Miren, estoy harto de que otros la hagan, sé que no está bien y que me rebajo pero, qué demonios, a ellos les funciona, así que hoy saco yo mi brocha gorda.

Esta semana se han cumplido tres años desde que me desperté en uno de mis últimos días de vacaciones en Ibiza y, entre el zumo y la tostada, se me atragantó el facebook. Una colaboradora en París del periódico en el que trabajaba había subido la foto de un pequeño cuerpo ahogado en arena, recién escupido a la orilla de Bodrum, Turquía.

Soy precavido, la imagen era tan impactante que parecía un ‘fake’, así que comprobé que la cosa era cierta… era trending topic mundial en Twitter. Debo decir que yo llevaba un año como número dos de la sección de Internacional de EL MUNDO y que en la redacción nos mirábamos un poco a la cara unos a otros extrañados porque entre los periodistas de las tertulias se dijera constantemente que a la guerra de Siria los medios no le estábamos haciendo ningún caso.

Allí nos pegamos semanas de reportajes desde la resistencia kurda en la pequeña ciudad de Kobane, símbolo de un pueblo harto de siglos que en esta ocasión había decidido ser del bando que escribiera el relato al acabar la contienda. Dos compañeros nuestros habían sido secuestrados durante meses porque le habían echado coraje al compromiso, y luego acabamos el curso con otros cuatro en cautiverio por lo mismo.

Otros habladores de tertulia discutían entre ellos muy sabios para decidir si publicar las fotos de ejecutores de negro y degollados de naranja era participar de la propaganda carnicera del ISIS. Y cuando el pequeño Aylan se tragó el Mediterráneo para morir con los pulmones llenos de agua salada, unos más se centraban en aplaudir el encuadre de la foto, qué respeto, qué sensibilidad por la intimidad del chico. O destacaban el simbolismo, no se le ve la cara, Aylan representa el horror de la guerra y sus perdedores, todos los niños son Aylan.

Y memeces así, de ésas que se aplauden en los programas con gradas en directo, en los que el debate se sustituye por el audímetro y el argumento por la palabrería.

Volvía este 2 de septiembre a casa escuchando la radio. Un compañero periodista hacía lo posible por no afectar demasiado la voz cuando recordaba la efeméride de la muerte en la playa porque quería hacer su demagogia personal, la misma que yo hoy. O parecida. Perdonen, queridos oyentes, les voy a atragantar la cena con unas cifras, pensaba el colega: hoy en el mundo hay 65,6 millones de ‘aylanes’, niños o mayores, refugiados o huidos, llámenles como quieran, jodidos porque han escapado de las balas y ahora malsobreviven por ahí. Aylan era sirio, su guerra ha sacado de sus casas a 12 millones de personas y el Mediterráneo se ha tragado a miles: desde 2014, casi 15.000

Dos semanas después de la foto de la playa, Jean-Claude Juncker paró los relojes, cerró las puertas y obligó a los jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea a no levantarse de la mesa hasta que no aceptaran un reparto de refugiados, después de un verano en el que el goteo de desesperados se había convertido en un tsunami que nos avergonzaba como supuesto primer mundo. La amarga victoria del presidente de la Comisión a la mañana siguiente era para avergonzarse pero algunos bobos como yo pensamos que bueno, que era un primer paso.

La UE se haría cargo de 120.000 de los refugiados que se apiñaban en sus fronteras arrancándole los pelos al de al lado por subir a un tren de mala muerte en Hungría o pegando fuego su campo temporal de acogida en Moira (Lesbos, Grecia) porque una cosa es huir de la guerra y otra aceptar que a cambio estos países democráticos y civilizados te den un kit completo de enfermedades infecciosas por el hacinamiento y la falta de higiene.

Ahí sí que la prensa que sacaba poco lo de Siria en sus portadas hizo titulares, como el día de Aylan pero esta vez sacando la cara del protagonista, un Juncker a cuya sonrisa le faltaba el brillo de la verdad. El niño muerto los conmovió, las masas de mendicantes los removieron y las cuotas por países abrieron el debate… el asqueroso debate: son muchos, son pocos, dónde van a ir, cerca de mi pueblo no, a ver si los de aquí vamos a tener que hacernos cargo de más que los de allá, oye y esto quién lo paga…

Decía que iba a hacer demagogia y ahí va: tres años después, en septiembre de 2018, lo que se debate en Europa, lo que llena los titulares de la prensa y las tertulias de la radio es la conveniencia o no de eliminar el cambio en el reloj entre el horario de verano y el de invierno. La Comisión de Juncker ha impulsado una encuesta en su web que ha recabado 4,6 millones de respuestas en una gran ceremonia de la ociosidad inútil.

Más allá de que si elegimos políticos es para que solucionen problemas estudiándolos y no nos los deriven a nosotros con encuestas, dejando a un lado que los ciudadanos no tenemos ni idea de si el cambio de horario en verano aporta más menos eficiencia energética, lo que me queda claro es que la guerra de Siria, los refugiados y los ‘aylanes’ ya nos importan un carajo. Estamos saliendo de la crisis económica, y ya tenemos tiempo para ocuparnos de chorradas, lo que corresponde a democracias idiotizadas por 70 años de paz en los que nos hemos creído que lo normal es que abras el grifo y siempre salga agua potable.

El Gobierno de España nacido en junio se dotó de una rimbombante Alta Comisionada contra la Pobreza Infantil, dependiente directamente del presidente Pedro Sánchez. Por ahora, su titular, María Luisa Carcedo, tiene cinco empleados pero no hay dotación presupuestaria. Entretanto, este viernes el Consejo de Ministros decidió que tenía que “prepararse para tener opinión” sobre el cambio de hora y se sacó de la chistera un comité de expertos compuesto, agárrense, por 14 miembros.

Es demagogia, lo sé, comparar peras con manzanas, niños muertos con a qué hora quedamos para verlos morir. Pero qué quieren, necesitaba echarla fuera.

P.S. para quien le interese: los kurdos resistieron en Kobane, ciudad natal de Aylan, las embestidas del ejército sirio del sátrapa Bachar Asad primero y las del ISIS y sus carniceros después. Han lidiado con el contrabando moral y petrolero del vecino turco gobernado por el aspirante a sultán Erdogan. Y han fundado, mal que bien, un protoestado eficiente, democrático y multiétnico en la región, bajo el nombre de Rojava.

Alberto D. Prieto es Corresponsal Internacional de OKDIARIO

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