Putin prepara un cambio tectónico en la geopolítica global

Por Roberto Mansilla Blanco

Tras su exitosa cumbre con Ángela Merkel, el presidente ruso Vladimir Putin prepara para comienzos de septiembre una macrocumbre con Turquía, Francia y Alemania que puede deparar cambios tectónicos en la geopolítica global, sin perder de vista los comicios legislativos estadounidenses de noviembre próximo.  Con la silenciosa y calculada paciencia de un experto jugador de ajedrez, el presidente ruso trabaja en la preparación de una inédita cumbre internacional en la que reunirá a los presidentes Erdogan de Turquía, Macron por Francia y Melkel por Alemania. La reunión está prevista inicialmente,  para el próximo 7 de septiembre, a celebrarse en Estambul.

Esta cumbre se anuncia como estratégica porque puede deparar cambios geopolíticos de enorme calado no sólo para los intereses de Putin, sino igualmente para sus aliados China e Irán. Toda vez, esta cumbre contraría seriamente los intereses del presidente estadounidense Donald Trump y de la OTAN con sus aliados atlantistas.

Esta reunión ya fue anunciada a comienzos de agosto por quién será el anfitrión, el presidente turco Recep Tayyip Erdogan. Pero lo novedoso y estratégico de esta reunión es que, por primera vez, Rusia impulsa una cumbre con tres miembros de la OTAN como Turquía, Francia y Alemania, excluyendo de la misma a EEUU.

Esta cumbre demostraría igualmente la voluntad europea, a través del eje franco-alemán, de reconciliar sus relaciones con Rusia y Turquía, fuertemente dañadas en los últimos años, manifestando así una posición independiente de los intereses de Washington.

Tras su inesperada reunión con la canciller alemana Ángela Merkel en Berlín el pasado 18 de agosto (oficialmente anunciada apenas dos días antes), Putin acelera los pasos para asegurar el equilibrio de sus intereses geopolíticos desde el Mar Báltico hasta Siria. Sabe que la oportunidad es única, tomando en cuenta el agrio distanciamiento de la administración de Donald Trump con respecto a Europa y la guerra arancelaria que mantiene EEUU con China.

Por ello, el presidente ruso no pierde oportunidad de mover con rapidez sus fichas en el ajedrez geopolítico internacional. Y en este tablero, Europa es vital. La exitosa cumbre con Merkel marcó una nueva sintonía en las relaciones ruso-europeas, con la geopolítica energética como epicentro de atención.

La amiga Merkel

Merkel y Putin acordaron puntos estratégicos donde la conjunción de intereses parece ser algo manifiesto. La ampliación del gasoducto Nord Stream II desde el Báltico hasta Alemania coloca a este país y Rusia como motores principales de un acuerdo energético estratégico para Europa y Rusia.

Con una inversión estimada de US$10,5 millardos, este gasoducto es una ampliación del Nord Stream que inicialmente incluía también a Ucrania como territorio de tránsito, y de allí iba al Mar Negro, hoy prácticamente bajo control marítimo ruso tras la anexión (que Moscú tilda de “recuperación de soberanía”) de la península de Crimea en 2014.

El problema es que Putin quiere evitar el tránsito ucraniano del Nord Stream II, a tenor de las malas relaciones entre Kiev y Moscú desde 2014, tras la crisis de Crimea y el conflicto en el Donbass, el Este ucraniano prorruso. Por tanto, atraer a Merkel hacia un Nord Stream II sin participación ucraniana es un éxito evidente para la diplomacia energética “putiniana”.

Para Merkel, es asegurarse a Rusia como el socio energético natural de Europa, abriendo un compás de apertura que progresivamente permita sepultar las sanciones internacionales contra Rusia, vigentes desde 2014, principalmente impulsadas desde Washington.

Esta sintonía de intereses de Merkel y Putin se consolida tomando en cuenta una reciente encuesta en Alemania, en la que un 66% de los alemanes manifestaron estar a favor de la ampliación del Nord Stream II desde el mar Báltico hasta Alemania.

Precisamente, la interminable crisis ucraniana fue otro punto clave de la cumbre Merkel-Putin. En este sentido, el ruso parece ganar la partida al atraerse a Merkel a su esfera de influencia, toda vez se criticó la postura de Kiev de no negociar la pacificación del conflicto con las repúblicas separatistas del Donbass.

Si el Nord Stream II es un gol energético de Putin, las críticas de Merkel a Kiev por no cumplir con los Protocolos de Minsk es un “match point” en toda la regla para el Kremlin. En este sentido, Merkel coincidió con los postulados de Putin de criticar a Ucrania por sus presuntas violaciones de los Protocolos de Minsk firmados entre finales de 2014 y comienzos de 2015 para poner fin al conflicto del Donbass, y del cual además de Rusia, Ucrania y las repúblicas del Donbass, también forman parte Alemania y Francia como potencias garantizadoras del acuerdo.

La sintonía de Merkel favorable a Putin en el conflicto ucraniano supone un duro golpe a las pretensiones atlantistas vía OTAN de seguir manteniendo a Alemania como un aliado irrestricto. Ello puede también acelerar las expectativas de la OTAN de fortalecer a Ucrania dentro de su esfera de influencia, con una posible admisión de Kiev a la Alianza Atlántica a corto plazo. Un hecho que Putin observa con preocupación pero también como casi un fait accompli que intentará necesariamente contrarrestar.

Los otros dos puntos de interés de la reunión Merkel-Putin fueron el programa nuclear iraní, en el cual ambos coinciden en seguir manteniendo las negociaciones con Teherán a pesar de la ruptura manifestada por Trump en mayo pasado; y la crisis humanitaria en Siria, pieza clave en la geopolítica de Putin al lograr mantener a su aliado Bashar al Asad en el poder.

Por ello, el presidente ruso parece preparar otra movida diplomática de alto nivel como la ocurrida en noviembre de 2017, con la cumbre de Sochi con Turquía e Irán, que permitió sentar las bases de la Siria post-conflicto. Y para ello aprovecha el actual contexto existente en la región.

El “Mare Nostrum” ruso-turco

La reciente crisis financiera turca, que provocó una fuerte devaluación de la moneda local, la lira turca, dio paso a un agrio enfrentamiento entre el presidente turco Recep Tayyip Erdogan y Donald Trump. Como si mantuviera la proclama de su homólogo venezolano Nicolás Maduro, Erdogan acusa a Trump de impulsar una “guerra económica” contra Turquía.

Esta crisis entre Erdogan y Trump ha confirmado el aparentemente inalterable viraje geopolítico turco hacia Rusia y China. Con Putin, Erdogan ha mostrado una sintonía de intereses desde su reconciliación en 2016, tras meses de crisis diplomática por el incidente de dos cazas rusos abatidos en territorio turco en octubre de 2015.

El viraje de Erdogan hacia Rusia y China también preocupa a la OTAN, ya que Turquía es miembro estratégico de la Alianza Atlántica desde 1952 y su ejército es considerado el segundo en número de efectivos dentro de la OTAN. Curiosamente, el papel turco dentro de la OTAN, orientado a frenar la expansión soviética en tiempos de la “guerra fría”, parece volverse papel mojado y saltar por los aires ante las pretensiones geopolíticas de Erdogan de acercarse a la Rusia de Putin, heredera del ex imperio soviético.

Paralelamente, Erdogan, probablemente a instancias de Putin, parece persuadido a rechazar un rescate financiero por parte del FMI, que colocaría a Turquía en la órbita de Washington. Para contrarrestar esta posible dependencia del FMI, Erdogan ha acordado inversiones valoradas en US$15 millardos con Qatar, el otro de los aliados de Putin tras los acuerdos de Sochi con Turquía e Irán.

Igualmente, Putin y Erdogan aceleran mecanismos para convertir al Mar Negro en una especie de espacio marítimo ruso-turco fuera del alcance de las fuerzas atlantistas.

Los enormes proyectos de infraestructuras que Moscú está llevando a cabo en Crimea, entre ellos la reciente inauguración en mayo pasado del puente de Kerch que une a la península de Crimea con el territorio ruso de Tamán a través del Mar de Azov y del Mar Negro, parecen sellar una punta de lanza orientada a hacer del Mar Negro un “Mare Nostrum” ruso con participación turca. Una especie de reminiscencia de la política de balanza de poder decimonónica establecida entonces entre la Rusia zarista y el Imperio turco-otomano.

Asegurada con Merkel su esfera de influencia en el mar Báltico, Putin está acelerando esa misma condición con Erdogan dentro del mar Negro. Como otra curiosa reminiscencia histórica, pareciera que Putin estuviera resucitando la “Cortina de Hierro” desde el Báltico hasta el Mar Negro, para evitar la influencia occidental atlantista.

El control ruso sobre Crimea y su influencia en Siria han frustrado las pretensiones de Washington de frenar un revival de expansionismo del Kremlin desde el mar Negro hasta el mar Mediterráneo, y de alli al corazón de Oriente Próximo. El viraje geopolítico turco hacia Rusia y China fortalece igualmente los intereses rusos y chinos de impulsar una especie de renacimiento de Eurasia a través de iniciativas de integración económica fuera del alcance de la Unión Europea y de la OTAN.

La cumbre para aislar a Trump

Todo ello entrega en bandeja de plata la posibilidad de que Putin impulse una cumbre cuatripartita entre Rusia, Turquía, Alemania y Francia en Estambul, prevista para el próximo 7 de septiembre.

Esto parece asegurar las pautas de nuevos reacomodos geopolíticos entre Europa y Rusia, en el Este europeo (Ucrania), en Oriente Medio (Siria, Irán)y en el espacio euroasiático (Turquía, China), en este último caso como catalizador de proyectos geopolíticos de desarrollo como la Unión Económica Euroasiática impulsada por Moscú y las Rutas de la Seda que acelera Beijing.

El trasfondo de todo esto para Putin es sentar las bases de un nuevo mapa mundi geopolítico global, donde un EEUU con Trump a la cabeza cada vez más aislado, tenga menos margen de maniobra ante el empuje de Rusia y China, con Europa, Turquía e Irán como actores colaterales.

El objetivo del Kremlin está en asegurar estos nuevos reacomodos, principalmente con Alemania y Francia, antes de la celebración de las elecciones legislativas estadounidenses pautadas para noviembre próximo, donde Trump espera consolidar su fortaleza electoral con pretensiones presidenciales para el 2020. Sin embargo, está por ver si los recientes escándalos en torno a la administración Trump en la Casa Blanca terminarán provocando mella en las pretensiones republicanas de seguir manteniendo su control en la Cámara de Representantes y el Senado. Por otro lado, no se observa una alternativa real desde el Partido Demócrata para evitar esta posible renovación hegemónica republicana en las legislativas de noviembre.

En otro orden de cosas, y como efecto adicional, el reciente fallecimiento del ex candidato presidencial republicano, el senador John McCain, fuerte detractor de Trump y uno de los principales azotes en lo relativo a la presunta trama rusa en las elecciones 2016, puede ser considerado, de manera indirecta, como otro punto a favor de Putin.

Con ello, el Kremlin se quita del medio a un político-estadista de alto nivel de influencia en las filas republicanas, principalmente en lo relativo a las oscuras relaciones entre Trump y Putin. Es por ello que el ajedrez jugado por el presidente ruso y otros factores colaterales parecen estar dando ganancias geopolíticas que pueden augurar cambios inesperados en el sistema internacional.

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