Alberto D. Prieto: Con los ojos de mis hijas

Por.- Alberto D. Prieto

He quedado esta semana a tomar copas con dos viejos amigos. Y en ambos casos hemos acabado cometiendo el mismo error: recordar tiempos pasados. Porque empiezas por la añoranza y acabas en las anécdotas —al final de la segunda copa, sobre todo—, pero siempre te centras en lo bueno, en aquel jefe cabrón del que aprendiste tanto, en aquellas reuniones que eran una lección de periodismo, en la chica aquella a la que siempre se le caían los párpados de una manera hábilmente seductora en el momento en que tú entrabas en la redacción… Esto último quizá no fuera tan así de verdad, pero qué quieren ustedes, con sus copas y sus recuerdos hace cada uno lo que le conviene.

Porque hablar de lo que fue siempre es mentira.

Recordar es selectivo, lo habitual es que le demos vueltas a lo que nos dejó poso. Y como el ser humano tiene tendencia a la supervivencia como individuo y como especie, cada uno nos quedamos con lo que nos hizo ser mejores, prevalecer como el lobo; y en su memoria colectiva, la sociedad, la manada, repasa la historia santificando los momentos gloriosos y extrayendo lecciones para mejorar el presente.

El Real Madrid es grande por las 13 Copas de Europa que ha levantado, y cuando sus hinchas miran atrás ven la volea de Zidane, la espuela de Di Stéfano, la carrera de Raúl, los vuelos de Santillana, o el gol de Mijatovic… Con los Beatles, qué decir, pasa igual. Son enormes porque siguen sonando cada día pese a que hace casi 50 años que se fueron. Que Paul y John acabaran como el perro y el gato sólo le añade picante, pero lo que nos hace cantar a coro abrazados por las calles después de la segunda copa no es que de Lennon & McCartney al final sólo quedara la firma, sino lo que firmaron.

Hoy regresan mis hijas de las vacaciones con su madre. Y a mí, aparte de abrazarlas fuerte, me gustaría poder mirar con sus ojos estos días. Porque ellas no tienen todavía mucho pasado que rememorar, y así se libran del ejercicio que, como periodista yo tengo que hacer para no obviar lo que de verdad nos pasa.

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A ellas, aún en los 14 y 11 años, todavía les importa un carajo que Quim Torra diga que “los catalanes no tenemos que defendernos, sino atacar al Estado español”, los catalanes independentistas, se entiende; no les afecta que los separatistas vistan de lazos amarillos golpistas los restos de los muertos de hace un año en Las Ramblas de Barcelona para montar un aquelarre manipulador en sus homenajes; les pilla muy lejos la insolvencia moral de quien hoy preside el Gobierno jugando al nuevo rico que coloca a su señora en un puesto a medio camino entre lo público y lo privado cuando antes, desde la oposición, enarbolaba la bandera de la liga contra el “capitalismo de amiguetes”.

Ellas aún no saben dónde les llevará la vida, ni tienen una idea de qué les va a ir apeteciendo estudiar, pero cuando yo tenía la edad de mis niñas ya sabía que quería ser periodista. Y no sólo había un bombazo de ETA casi cada día, sino que ya me bebía los periódicos para saber, entender y comprender. Hoy rememoro esos años y, claro, me pasa que echo de menos a aquellos hombres de Estado, Felipe González primero y José María Aznar después. Pero como no sólo soy amigo de mis amigos, y no sólo salgo a tomar copas de vez en cuando, puedo recordar que uno montó una especie de grupo antiterrorista en las cloacas del Estado para matar etarras y el otro se sentó con ellos en Suiza bautizándolos como “movimiento de liberación nacional vasco”. Y que ambos, además, alimentaron con silencio y regalías al nacionalismo catalán que hoy pide “atacar” a España.

Otro amigo, periodista con más tiros dados (y recibidos) que yo, me ha preguntado hace un rato que si “aunque los tanques no hayan salido todavía”, los españoles “ya estamos en guerra civil”. Reside en París, o sea, que está cerca de los hechos; y es colombiano, es decir, que de tiros sabe un rato. Así que me he asustado de los ojos con los que se nos mira a los españoles. Le he contestado que, en realidad, aquí nunca pasa nada. Que es todo un teatrillo politiquero que, eso sí, va idiotizando generaciones. Pero que, demonios, no soy tan lúcido como para aventurar una salida a toda la basura que estamos acumulando.

Y entonces, me he puesto los ojos de mis hijas para desear que todo vaya bien. Así que le he dicho que, aunque es cierto que hace unas décadas pasó lo mismo y acabamos matándonos, confío en la abulia occidental, perezosa con que lleguen los palos de verdad, o (incluso) consciente de la lección histórica de que se pierde más que se gana cuando todo acaba en pelea. Y luego ya me he venido arriba y mi respuesta se ha llenado de los dos gintonics que tomé anoche con Quique o el jueves con Vicente, así que me he abrazado a la gloria bendita del milagro europeo, ese invento maravilloso que es la UE y sirve de parapeto a las veleidades belicistas de los ventrílocuos de la masa.

Los españoles seremos capaces de asomarnos al mismo precipicio cada 80 años, e incapaces de darle la oportunidad a la generación de mis hijas de vivir en un país sin eternos ajustes cuentas. Pero hoy vuelven ellas a casa, así que todavía hay esperanza.

Alberto D. Prieto es Corresponsal Internacional de OKDIARIO

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