El Vaticano: un claro espaldarazo a Venezuela

Por Macky Arenas

El Papa Francisco “se saca de la manga” el tercero a bordo en la Secretaría de Estado. Será su secretrario oficial y “ministro del Interior” en el Estado del Vaticano. Se trata de un sonoro  espaldarazo  a Venezuela y a su Iglesia.

“El Santo Padre Francisco ha nombrado Sustituto para los Asuntos Generales de la Secretaría de Estado a S.E. Mons. Edgar Peña Parra, Arzobispo titular de Telepte, hasta ahora Nuncio Apostólico en Mozambique, reza el comunicado oficial.  Tomará posesión el próximo 15 de octubre.

S.E. Mons. Edgar Peña Parra nació en Maracaibo (Venezuela) el 6 de marzo de 1960.  Con la ordenación sacerdotal ocurrida el 23 de agosto de 1985 quedó incardinado en la diócesis de Maracaibo. Es Laureado en Derecho Canónico.

Entró al Servicio Diplomático de la Santa Sede el 1º de abril de 1993 y ha cumplido sus funciones en las Representaciones Pontificias en Kenia, también en Yugoslavia, ante la Oficina de Naciones Unidas en Ginebra y en las Nunciaturas Apostólicas de Suráfrica, Honduras y México. Nombrado Arzobispo titular de Telepte el 8 de enero de 2011, recibió la ordenación episcopal el 5 de febrero de 2011, asumiendo el cargo de Nuncio Apostólico en Pakistán de 2011 a 2014 y de Nuncio Apostólico en Mozambique desde el 21 de Febrero de 2015.

Conoce las siguientes lenguas: español, italiano, inglés, francés, portugués y serbio-croata. Hasta aquí  la comunicación de Roma que presenta al nuevo miembro de la Curia vaticana.

Es primera vez en la historia que un venezolano ocupará esta destacada posición. Hubo otro venezolano que sirvió a tres papas y, por casi 40 años trabajó en la Santa Sede: el cardenal Rosalio José Castillo Lara, quien llevaría sobre sus hombros la doble –y nada frecuente- responsabilidad de Gobernador de la Ciudad del Vaticano y Administrador de la Santa Sede, hasta bien avanzado el papado de Juan Pablo II.  Desde que regresó a Venezuela, ningún otro venezolano aparecería por allá para quedarse, como es el caso del ahora seleccionado para la Secretaría de Estado, el “maracucho” Monseñor Peña Parra.

Al revisar su curriculum y conocer de sus méritos y trayectoria, no extraña la decisión del Santo Padre. El hecho de que sea latinoamericano, tampoco, tomando en cuenta que el propio Papa Francisco lo es y que ha llamado a su lado a obispos y distinguido como cardenales a consagrados llegados de varios de nuestros países.

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Lo que llama la atención a cualquier mente acuciosa, es la designación de un venezolano en un momento-país como el que vivimos, acompañando a un Secretario de Estado que viene de servir como nuncio apostólico en Caracas, de donde “saltó” a esa eminente posición.  Ambos conocen la realidad de nuestros conflictivos países, especialmente la venezolana. El refuerzo más importante que tiene Mons. Peña Parra es su procedencia inmediata de países donde la Iglesia Católica es hostigada, como Pakistán, por ejemplo, y cuyas realidades violentas y excluyentes semejan las situaciones que atraviesan Nicaragua y Venezuela.

Calibrar la importancia del cargo para el cual ha sido nombrado Mons. Peña Parra es tan claro como que se trata de una doble responsabilidad: es el Secretario oficial del pontífice y a la vez una especie de “ministro del interior” que sólo reporta al Cardenal Parolin y al propio Papa Francisco.

Cotidianamente, debe trabajar con el Santo Padre, despachar con él y no habrá comunicación o documentación que no pase por sus manos y rubrique debidamente. Cualquier nombramiento en la Iglesia universal pasará por sus manos y le será, eventualmente, consultado. ¡Casi nada! El Papa se lo sacó de la manga, no estaba en los radares de nadie. Como se sacó de la misma manga al entonces Mons. Pietro Parolin, que jamás figuró en ternas ni tenía el supuesto récord diplomático en su haber, pero lo eligió, lo hizo Cardenal y allí está.

El Papa Francisco se ha caracterizado por sus gestos, los que para muchos pueden pasar desapercibidos o ser erróneamente interpretados. A veces es brutalmente directo, pero otras, cuando hay asuntos muy delicados en juego, cuyo manejo debe apelar a las más sabias consejas de la milenaria diplomacia vaticana, sobreviviente de los más agrios conflictos y a sátrapas de todo pelaje, sus pareceres, objetivos y hasta sentimientos solo pueden ser determinados a través de sus gestos expresados en decisiones.

Colocar a un venezolano al frente de semejantes responsabilidades en un momento tan aciago para Venezuela, es, sin lugar a dudas, un espaldarazo, cálido y sonoro a la Iglesia de este país, a sus pastores, a su lucha y a quienes la lideran, a la Conferencia Episcopal  Venezolana. No necesita un micrófono. El que tenga ojos, que vea.

 

 

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