Nicaragua, parte II

Por Elizabeth Burgos

La mecánica del poder en Nicaragua y Venezuela

El caso de Nicaragua es el ensayo mejor logrado de la política expansionista del castrismo. El de Venezuela, si bien le ha favorecido a la Isla en términos económicos, ocasionó el peor desastre jamás vivido por un país en la historia del continente,  que al final, se revirtió contra los intereses mismos de Cuba.

   La toma del poder por el movimiento sandinista ocurrió al término de una guerra que derrocó a la dinastía de los Somoza: una de las anomalías más flagrantes de la historia de América Latina en lo relativo a la patología del poder. El rápido éxito del castrismo sobre la revolución sandinista, se debió en gran parte, a las similitudes con la experiencia cubana en la modalidad de la toma del poder por los sandinistas: el derrocamiento de una dictadura al término de un movimiento armado victorioso coincidía con el esquema castrista del enfrentamiento contra un enemigo. El enemigo era entonces las dictaduras militares: fue la máscara con la que se disimuló el carácter totalitario del castrismo hasta el día de hoy. En cambio en Venezuela, el obstáculo que encontraba el castrismo, era una democracia, de ahí la necesidad de crear una matriz de opinión pública que la convirtiera en enemigo, pues era la condición  para justificar su destrucción e instaurar un poder hegemónico de un grupo, dependiente de Cuba.

La otra ventaja del castrismo en relación al sandinismo era que en aquel momento Cuba contaba todavía con el apoyo incondicional de la URSS. Si bien la URSS fue renuente con respecto a los intentos de Cuba de una toma del poder implantando focos guerrilleros integrados por estudiantes en países en donde no se justificaban, como fue el caso de las guerrillas en Venezuela, el triunfo de los sandinistas, apoyados por la mayoría de la población le deparaba a la URSS un espacio geopolítico de excepcional interés.

El tercer elemento positivo para La Habana era la juventud y el estado de salud de entonces de Fidel Castro. A Venezuela le tocó el castrismo tardío, en plena decadencia, y un Fidel Castro ya senil. Venezuela fue el último juguete del que dispuso para satisfacer su ansia patológica de poder y de manipulación.

Según narra en sus memorias el general de brigada Rafael del Pino, segundo jefe de la Defensa Aérea cubana, hoy exiliado, y testigo de los hechos: la similitud  entre la experiencia de la toma del poder por los sandinistas con la cubana, le dio la idea a Fidel Castro de convertir la experiencia nicaragüense en una prolongación del Movimiento 26 de julio. “Estrategia bautizada por propio Fidel Castro como la de El Robot Nicaragüense”.  Según el general cubano, fue Fidel Castro quien logró unir, entrenar, armar y dirigir a todas las facciones que se oponían a Somoza. Lo que justifica la autoridad ejercida por F. Castro sobre la dirección sandinista.  Fue así como las diferentes tendencias que integraban el movimiento sandinista se plegaron al liderazgo de Daniel Ortega, el cual fue escogido por Castro, por ser el de menor nivel intelectual, pero el más dócil a Cuba. (El mismo esquema que se le aplicó a Venezuela tras la enfermedad y muerte de Chávez. Nicolás Maduro, formado en Cuba, de nivel intelectual mediocre, dócil, y con poco poder de iniciativa).

Los miembros más capaces de la dirección sandinista, o se exilaron, o permanecieron fuera del poder. No podía ser de otro modo, porque tras la caída de Somoza, Cuba despachó a Nicaragua altos mandos militares encargados de organizar el nuevo ejército y los servicios de inteligencia. Los cubanos “debían evaluar constantemente y tener bajo control, el comportamiento, carácter y personalidad de todos los oficiales y colocar en los puestos de mando a los oficiales incondicionales de absoluta confianza de Cuba”, escribe Del Pino. Fue Fidel Castro quien negoció con la URSS la entrega de 16 aviones Mig-21, varios batallones de radares, helicópteros MI-17, misiles antiaéreos SAM-3. El general Fernando Tomassevich (el mismo que participó años antes en las guerrillas en Venezuela, al igual que el general Arnaldo Ochoa), entonces jefe del Estado Mayor de la Fuerza Aérea cubana, fue enviado a Nicaragua encargado de organizar  las Fuerzas Armadas con la estructura idéntica a la de Cuba. Castro ordenó la construcción de una enorme base aérea con un coste de 60 millones de dólares y nombró como jefe de la misión militar cubana, a su oficial estrella, al general de división Arnaldo Ochoa (fusilado en 1989).

El nicaragüense Humberto Ortega, hermano de Daniel, Ministro de la Defensa, fue llamado a Cuba a recibir instrucciones sobre la estrategia a aplicar en caso de intervención norteamericana, pues Washington comenzaba a alarmarse por el carácter de base militar ruso-cubana que estaba tomando la revolución sandinista.

Fidel Castro ideó un plan meticuloso, en caso de darse la intervención norteamericana: había que generalizar la guerra en toda la región centroamericana, las fuerzas norteamericanas no tendrían una fuerza regular a derrotar, se verían obligadas a dividir sus contingentes en varios frentes. Se organizaron los batallones bajo el mando de oficiales cubanos. Cada uno debía entrar con unidades blindadas en cada país del itsmo. El escenario no logró ponerse en práctica completamente , pero sí se desarrolló otro foco de guerra en El Salvador, y estalló la guerrilla en Guatemala.

 Estados Unidos, seguramente bien informados de la estrategia castrista, en lugar de intervenir, optaron por armar  grupos insurgentes opuestos al sandinismo, integrados por ex somocistas, pero también por sandinistas opuestos al sistema comunista cubano, no sin antes haber intervenido en Granada (octubre 1983), demostrando que, de ser necesario, podían aplicar ambos métodos.

Nicaragua se convirtió en un apéndice de las Fuerzas Armadas Cubanas y de sus servicios de inteligencia. El “Robot Nicaragüense” demostró su fidelidad a Castro, adoptando las mismas insignias y grados.  Los hermanos Ortega pusieron sobre sus hombros las mismas estrellas de comandante en Jefe y general de Ejército que lucían sus respectivos jefes: Fidel y Raúl Castro. Pero la guerra civil que estalló en Nicaragua, obstaculizó entonces que se llevara a efecto la implantación de una base militar cubano-soviética en Centroamérica.

En los últimos meses, entre las diferentes tendencia del liderazgo opositor en Venezuela, a propósito de participar o no en las elecciones y aceptar las condiciones y  la fecha decididas por el régimen, se suele poner el ejemplo de Nicaragua, cuando el sandinismo aceptó ir a elecciones en febrero 1990 y las ganó la oposición con la candidatura de doña Violeta de Chamorro. Por  no darse el trabajo de contextualizar los acontecimientos, o por oponer un argumento fácil para tratar de imponer una línea política, incurren en una versión falsa.

En realidad, las elecciones de 1990 en Nicaragua fueron “un momento de la guerra”: era el precio que había que pagar para ponerle término a la guerra, a una guerra civil que ya había cobrado más de 30.000 muertos. Además, el contexto internacional no se prestaba  para otra opción. La URSS perdía fuerza y envió a Managua señales de que se retiraba del conflicto: el petróleo llegaba con retraso, cesó el abastecimiento de armas. Era una Guerra Civil que por cierto, no fue sólo por la voluntad de EE.UU. y de su lucha contra el comunismo, sino que se presenció la terrible represión desencadenada por los sandinistas contra los campesinos que se oponían a la militarización del campo, a la terrible represión desencadenada contra los miskitos, poblaciones indígenas asentadas en la Costa Atlántica que se negaban a ser enrolados por los sandinistas. Fueron sometidos a una guerra de tierra quemada: los sacaban de sus chozas y se las quemaban delante de ellos. Miles fueron asesinados, miles internados en campos de concentración. Por último, Eduardo Shevardnadze, ministro de exteriores soviético, le trasmitió a su homólogo americano, James Baker, que Moscú quería se firmara la paz en Centro-América. Además, la economía estaba exangüe: argumento definitivo. Las elecciones, pese a perderlas, le garantizaban al Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) la posibilidad de salvarse y de salvar las instituciones que había creado, que eran las fuerzas armadas y la policía.

El otro argumento es el del referéndum que perdió el general Augusto Pinochet, que abrió el paso a la reinstauración de la democracia en Chile. También esa es una versión edulcorada que niega la lucha que durante años desplegó  la oposición chilena, tanto fuera como dentro, incluso, lucha clandestina. La represión  brutal contra los opositores suscitó una presión de la comunidad internacional, en particular la del gobierno de EE.UU., el que fuera aliado principal del régimen.

El cálculo del sandinismo fue correcto. No sólo el nuevo gobierno respetó las medidas sociales implantadas por el sandinismo, sino que conservó la dirección del ejército, y la propiedad de los bienes nacionalizados.

Y el candidato vencido, Daniel Ortega, no se quedó sin oficio; continuó actuando políticamente en el plano internacional, lo más factible por cuenta de La Habana. Con eso fue demostrando la continuación de los movimientos tácticos al servicio de una estrategia que seguía su curso de manera certera.

Encontramos a Daniel Ortega en París en noviembre 1990, recibido en el Palacio del Eliseo por François Mitterrand. Declara al salir del palacio que ha venido a “trabajar por una iniciativa de paz con el presidente Saddam Hussein con el fin de evitar la guerra en el Golfo. Precisó que había realizado varios encuentros con el presidente iraquí. “Trabajamos para ver si logramos una solución pacífica. El presidente Saddam Hussein quiere una solución pacífica, debemos ayudarlo a encontrar esa salida.”

El periodista Philippe Lançon, uno de los pocos sobreviviente del atentado contra el semanario humorístico Charlie Hebdo (7 enero 2015), acaba de publicar Le Lambeau (Gallimard, 2018), un conmovedor testimonio sobre su dramática experiencia, al mismo tiempo que realiza una  introspección de su vida emocional, íntimamente relacionada con su oficio de periodista. Narra una escena que sucede en Irak, cuando fue enviado por su periódico a cubrir los acontecimientos previos al estallido de la Guerra del Golfo. Enero 1991, en el hotel en donde cohabitan periodistas e invitados especiales del régimen de Saddam Hussein, que habían acudido a brindarle su apoyo, unidos todos por el odio contra el gobierno de EEUU.,  Daniel Ortega era uno de ellos. Las fechas coinciden, había venido de París a traer el resultado de la entrevista con el presidente francés. “Ya no era un guerrillero marxista, pero tampoco todavía un caudillo cristiano, calzando botas de cowboy, parecía más bien un maleante de los suburbios de la Historia. Me quedé estupefacto: en algún momento creí (sin mucho entusiasmo, es cierto) en el combate sandinista. (…) Cada vez que lo veía aparecer en la gran sala del comedor, me parecía más y más pequeño, más y más deplorable. Era el hombre que se encogía. Encogiéndose, encogía la Historia, esa vieja meretriz golosa. Todavía no se había convertido en un demagogo cristiano”. Interesante descripción, que retrata la pequeñez del personaje, y eso que todavía no habían sucedido las matanzas de estudiantes ordenadas por el ex guerrillero.

Otra imagen durante el tiempo en que Daniel Ortega no ejerció el poder. La Habana, diciembre 1994, primer viaje de Hugo Chávez a Cuba. Daniel Ortega se encuentra sentado en la primera fila de butacas. Chávez, enfático en medio de su discurso, declara: ”Aprovecho para decir que también me siento muy honrado de haber conocido y haber abrazado hoy al comandante Daniel Ortega, de la revolución nicaragüense”.

En un despacho del diario francés Le Monde (06-12-2010) se publican los cables obtenidos por WikiLeaks relacionados con Daniel Ortega y a su clan. El artículo de Le Monde dice que el prontuario del nicaragüense no se limita a los abusos sexuales a Zoilamérica, su hijastra. “Los hermanos Ortega han ordenado numerosos asesinatos y desapariciones forzadas, incluyendo el asesinato de centenares de indígenas miskitos de la costa Atlántica y de miles más en campos de concentración”. Mencionan también “La Piñata”, cuando saquearon y se apropiaron de las propiedades y tierras del Estado y se las repartieron entre los dirigentes sandinistas, luego de la derrota electoral, en 1990. También mencionan la ayuda aportada al padrino del Cartel de Medellín, Pablo Escobar, que en 1984 encontró refugio en Nicaragua y facilidades para el transporte por avión de la cocaína procedente de Colombia. La complicidad entre los funcionarios del ministerio del interior y los traficantes, los muestra una cámara  disimulada puesta por la DEA. Daniel Ortega gobierna desde su domicilio una inmensa propiedad expropiada en 1979, acompañado de su principal consejera, Rosario Murillo.  “Un pipeline de dinero venezolano en efectivo se ha establecido entre Caracas y Managua. Según informes de primera mano, los funcionarios nicaragüenses regresan de Caracas cargados de valijas llenas de dinero en efectivo. Chávez ha reemplazado a Fidel Castro en el papel de mentor del nicaragüense”. El diplomático que redacta el cable , afirma que “Ortega se ha convertido en el Mino-Yo de Chávez”.

Si me detengo en tantos pormenores relativos al fenómeno del poder vitalicio y su componente patológico y criminal del clan Ortega, es porque toca de cerca  lo que está aconteciendo en Venezuela, en donde a veces la angustia de la tragedia que se vive allí,  conduce a análisis falsos o incompletos. Cuando se habla de perdón, deben analizar cuál fue el resultado de las negociaciones de los sandinistas con el gobierno de Violeta Chamorro. Los sandinistas, lograron la propiedad de lo robado en “La Piñata”, conservaron las fuerzas armadas y la policía etc. Volvió al poder el clan Ortega, como si no hubiera pasado nada. Antes la legitimidad la daba la guerrilla, ahora , funciona la criminalidad y la delincuencia.

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