En un solo clic: nada es eterno

Por.- Alberto D. Prieto

En la vida, damos por hecho muchas cosas como eternas. En mis últimos meses de insensatez, hace de eso unos tres años, yo daba por hecho que viajar con la familia, aunque se había puesto caro, siempre se podría. Disfrutaba de mi regalo del día del padre con un par de meses de retraso en una hermosísima sierra portuguesa, acalorado, comiendo bien, paseando inconsciente por el campo. Y se me murió BB King. Ése sí que era para siempre. Pero no lo fue.

Pocos días antes, había comentado con mi amigo Julio —la mitad de Gallego y Rey, 30 años de viñetas en prensa— que se nos estaba haciendo tarde para comprar unas entradas para su próxima gira. Pero que habría tiempo… El viejo gordo no llegó a cumplir los 90 años por bien poquito y Lucille, su amada guitarra, no le salvó la vida —como él cantaba— por enésima vez.

Bueno, pensé, uno más para el festival infinito al que asistiré deleitándome el día que yo también deje de ser eterno: Freddie Mercury, John Lennon, George Harrison, Michael Jackson. Lo que nos espera en el paraíso a los melómanos…

Tampoco duró mucho más lo de viajar en familia. Llevo dos semanas de vuelta de mis vacaciones, y este domingo mis niñas se han vuelto a ir. Con su madre. Como en todo, unos pierden y otros ganan: desde la separación, las enanas tienen el doble de veraneo. ¿Que los viajes son más baratos? Bueno, la cosa es adaptarse.

No será eterno el periódico en papel que, moribundo en la última década, ya tiene los sacerdotes de la extremaunción preparados. La huelga de los repartidores de prensa está dejando vacíos los quioscos desde hace una semana por aquí. Vacíos de diarios, se entiende, que de los clientes hace mucho que no se sabe nada.

La digitalización de nuestras vidas es lo que tiene. El rey del blues me sigue cantando cada mañana, junto al rey del pop, los beatles muertos… e incluso cada vez que pincho a Queen ya me anuncian que le van a remasterizar la voz y los genes del glam con película incluida en otoño. Porque todo lo bueno de llevar en el bolsillo una biblioteca de Alejandría —y hemeroteca, y videoteca…— nos ha cambiado por completo. Y con nosotros, se ha desmoronado el paradigma. A ver si nos enteramos.

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Llegan muy tarde los repartidores de prensa a pedir que no haya nacido Alan Turing (Londres, 1912), el que inventó el ordenador sin darse cuenta mientras llenaba una nave industrial de válvulas y palancas durante meses para calcular el indescifrable código Enigma de los nazis. El muchacho rarito acortó la II Guerra Mundial de dos a cuatro años —según los expertos— al averiguar qué se decían los gerifaltes de la Armada de Adolf Hitler y evitó así que los torpedos de sus submarinos reventaran a la flota estadounidense que traía suministros a la machacada Europa.

Cierto que el Gobierno de Su Majestad Imperial hizo todo lo posible por borrarlo del mapa —Occidente tardó hasta Freddie y el sida para que su héroe pudiera ser un homosexual practicante—, pero su obra quedó. Y esta semana en España acabamos de cerrar la subasta del espectro 5G, es decir, que las operadoras han acumulado cientos de millones de euros encima de la mesa del Gobierno para hacerse hueco en lo que va a venir ya: el internet de las cosas.

Si el señor Google nos ha mareado la existencia, lo que viene es un looping total y con todos colgados boca abajo. Sesudos estudiosos dicen que mis hijas trabajarán muy probablemente en empleos que aún no están ni inventados. ¡Y todavía quieren los repartidores tener prensa que repartir!

Otra cosa que no será eterna son las puertas en el campo. Por muchos años que lleven puestas y mucho demagogo que haga con sus astillas hogueras de aquelarre político subiéndose a la desgracia de un colectivo. Lleva cuatro días la Gran Vía de Barcelona intransitable porque los taxistas quieren “que se cumpla la ley”.

Pero, ¿qué ley? Porque la que había no les gustó al ver que habían llegado unos que hacían lo mismo que ellos, más barato y mejor hecho. Forzaron un cambio: ¡protéjanme o les secuestro la ciudad! Y el Gobierno se sacó de la manga que por cada 30 licencias de taxi sólo podría concederse una de Uber o Cabify. Ahora exigen que la competencia para regular el asunto sea de las Comunidades Autónomas y de los Ayuntamientos, porque a ver qué alcalde se atreve a legislar en su contra: son decenas de miles, están jodidos, y van a cumplir una semana con Barcelona taponada.

A los taxistas les está pasando lo mismo que a la industria discográfica hace 15 años: murió el CD mientras pirateábamos música gratis por internet hasta que un tipo listo se sacó de la manga Spotify. Y ahora mis muertos están muy vivos cuando yo quiero y donde quiero. Parecido nos ocurrió a los periodistas de papel hace una década: vinieron las webs e hicieron lo mismo que nosotros, más barato y más rápido. Como soy parte afectada, no diré que mejor, como tampoco verás a un taxista admitir que Uber le da cien vueltas a su gremio.

Duele, y hay perdedores por el camino —yo mismo, que ahora voy de camping con mis niñas y no a Disney con la familia—, pero nada es eterno y nos ha tocado este tsunami. Podrán hacer huelgas, tomar de rehenes a los ciudadanos o dejarnos sin prensa, es igual. Si el ecosistema ahora es digital, poco importará que siga habiendo políticos analógicos. A ellos también los echaremos del poder en un solo clic.

Alberto D. Prieto es Corresponsal Internacional de OKDIARIO

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