El Diario de Jurate Rosales: La ida al mercadito de los sábados

Estoy en el mercadito sabatino al aire libre, cercano a mi casa. El pollero vende hoy el kilo de pollo en 2 millones 300 mil bolívares, por lo tanto un pollo entero de un poco más de 2 Kg. sale en unos 5 millones de bolívares. Es que desde el sábado pasado el precio volvió a subir y los compradores ya se olvidaron de cuando hace apenas unas semanas, el kilo costaba 1 millón. En realidad, con la mega inflación muchos problemas se están invirtiendo: antes era la escasez de los alimentos, ahora los hay porque no hay compradores con capacidad de pago de millones de bolívares. De tal manera, que la gente sigue comiendo menos, sólo que ahora, pasa hambre por otra razón: ya no es la escasez, sino el precio.

“Mi ganancia sigue siendo un 10%”, me explica el pollero, pero su problema es el reabastecimiento, porque el aumento del precio de compra al mayor,  semanalmente le sube más de un 10%. El  pollero, atrapado en la inflación, sacrifica la ganancia de la semana anterior para reponer su mercancía la semana siguiente, y aun así  debe agregar de su bolsillo, o reducir la cantidad que venderá – que es lo que hace. Porque también los compradores son cada vez menos. Nadie dispone fácilmente de 5 millones de bolívares para comprar un pollo.

 El sueldo mínimo mensual decretado por el gobierno a todos los empleados públicos y extendido al sector privado  en víspera de las elecciones presidenciales, pasó de Bs. 392.646 a Bs. 1.000.000 y los tickets de alimentación de Bs. 915.000 a Bs. 1.555.500. Es ahora lo que gana la gran mayoría de los trabajadores. Lo cual alcanza para la mitad de un pollo. El pollero me dice que los dueños de las  granjas avícolas que todavía funcionan, compran los alimentos para pollos a un dólar libre cuyo precio crece diariamente. Caigo en cuenta que el precio del dólar libre acaba de saltar a Bs.2 millones por 1 dólar. Sí, UN dólar son 2 millones de bolívares al precio libre. El único que funciona. Con razón, hasta los pollos padecen de hambre.

La mujer que vende la cebolla y las papas (son un rubro escaso porque no hubo siembra por falta de semillas que son importadas), me confiesa que no sabe si abrirá su puesto de mercado la semana próxima. “Hace dos semanas, un saco de papas al mayor me costó 50 millones, la semana siguiente sube a 60 millones. En la reposición se me va la ganancia. Además de que vendo cada vez menos…”. Me lo dice con rostro de tragedia. No le explico que ella y los demás vendedores se están descapitalizando. Ni falta que hace. Ella lo vive en carne propia.

Un colega  de ella en el puesto cercano, ya me dijo hace una semana que por ahora cierra su puesto de verduras – su venta es de una mercancía perecedera y cuando no la vende, nadie se la recibe… mucho menos en los precios con los que la adquirió. Es que la venta, además del problema de la inflación, tiene otro freno: los clientes no disponen de efectivo y los cajeros para pagar con tarjeta de débito, en la mayoría de los puestos del mercado dejaron de funcionar. Aparentemente, las altísimas cifras de millones en  cada compra bloquean el sistema. Por otra parte, la locura gubernamental de multiplicar una emisión virtual de billones de bolívares para aumentar sueldos  que ni siquiera están en billetes impresos, sino en cifras cibernéticas, ha transformado todo el comercio en una ilusión virtual.

El vendedor del queso blanco (750 gramos me costaron 2 millones y medio este sábado), tiene un cuaderno donde anota los clientes que no han podido pagarle ni en efectivo, ni con tarjeta de débito. Del primero “no hay” y el segundo – no funciona.   El queso blanco debe ser fresco, la gente se lo lleva con la simple promesa de pagar después. Van dos sábados que yo también, me llevo el queso y quedo debiendo la compra : “No hay problema, señora, páseme desde su casa una transferencia bancaria”, y me muestra páginas y más páginas de un cuaderno con teléfonos de los clientes, cada uno con el monto que dejó sin pagar. “Cuánta gente te cumple?, pregunto, – porque a ese paso tu negocio va a quebrar”. Saltó: “Por favor, señora, no pronuncie esta palabra aquí”.  Termina diciendo que no está seguro de volver a abrir su puesto de mercado la semana próxima. Es un puesto que tiene su madre desde hace décadas, y vimos allí crecer a todos los hijos, siempre ayudando a la mamá.

Hablo con otro vendedor quien me dice que tampoco le va bien a la granja de las gallinas ponedoras.  “No tiene ni alimentos, ni vacunas, debe importarlos y no hay dólares” – explica anunciando que no sabe hasta cuándo habrá huevos en el mercado. Los huevos son ahora un lujo – me explica. Saco la cuenta. El informe de hoy, publicado en Banca y Negocios, dice: “El precio de un cartón de huevos (30 unidades) se ubicó esta semana en Bs 1.060.000, un alza de 51% con respecto a la semana previa, un salto inédito este año de acuerdo con los recorridos semanales de Banca y Negocios en el centro de Caracas”.  Antes, en Venezuela, los huevos eran la fuente de proteínas más barata y la más accesible para las familias, pero ahora es un lujo inalcanzable. Algunos negocios en el interior del país, empezaron a vender no la docena de huevos, sino los expenden de a uno.

Observo a los compradores en este sábado del mercadito. Llama la atención que los que antes solían llevar en cochecitos de dos ruedas muchas y abultadas compras, ahora los pasan casi vacíos. Veo a muchos compradores que prescindieron del cochecito, porque llevan  una o dos bolsitas pequeñas con su compra en la mano.

La gente pasa hambre. Mucha hambre. Desapareció, salvo notables excepciones, el comprador o la compradora  gordos. Toda la gente que veo, son delgados.

Nadie tiene dinero efectivo. El muchacho que cuida los vehículos estacionados al voleo, me dice que muchos de sus clientes ya no le dan la propina. No la hay. El dinero efectivo se compra en la calle con tarjetas de débito en 300% de su valor nominal, porque la gente lo necesita para pagar el transporte en autobús. Pero es que tampoco hay autobuses. Algunas rutas se cubren con camiones de volteo o de transporte de mercancías, donde la gente se aprieta como ganado. No hay repuestos para los vehículos. El parque de autobuses, parece que sólo está rodando en un 20% – el resto está varado por reparaciones, falta de cauchos o batería – que no se consiguen, o cuando aparecen, nadie los puede pagar.

Nótese que en este artículo, no hablo de los grandes problemas del país: la petrolera, PDVSA, que dejó de exportar por múltiples razones, un Banco Central sin reservas, una presidencia enredada en sus problemas internos de liderazgo del partido gobernante, la inseguridad, los presos políticos, etc., etc. Tampoco hablo de las manifestaciones diarias por falta de gas, agua, luz eléctrica, servicios médicos y medicinas. No. Sólo me refiero al micro espacio de un pequeño mercadito de barrio. Lo que noto es la destrucción de una cadena de producción y venta que incluye la agricultura, la ganadería, las granjas avícolas, todo un mundo de gente trabajadora de la que depende la alimentación producida en el país.  Es el mercado local que se muere lentamente, con cada vez menos puestos abiertos, porque no pueden sobrevivir.

Es el último eslabón, el más humilde, pero también el más cercano al consumidor en la cadena de los alimentos, el que está desvaneciéndose dejando a la gente sin su último recurso para abastecerse de comida.

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