. Trump inaugura su Nuevo Orden Mundial

Trump inaugura su Nuevo Orden Mundial

 

Por ROBERTO MANSILLA BLANCO, corresponsal en España.

*Trump frente a Asia, Europa, África y América Latina, por fin revela su gran plan mundial y el poder unilateral que proyecta ejercer para colocar “América first”. 

    Este mes de mayo es clave para las aspiraciones del presidente estadounidense Donald Trump por afianzar un nuevo orden mundial, claramente de carácter unilateral, que implique sepultar el multilateralismo consensuado durante la “era Obama”. Irán, Israel, Corea del Norte y Venezuela juegan como piezas clave en este tablero geoestratégico “trumpiano”.

  Tras año y medio de controvertida presidencia en la Casa Blanca, Donald Trump parece perfilar con mayor nitidez cuáles son sus prioridades en materia de política exterior para la segunda mitad de su mandato. Este mes de mayo parece ser clarividente en este sentido, tomando en cuenta sus recientes decisiones sobre lo que a todas luces parece anunciar el Nuevo Orden Mundial  “trumpiano”. Un nuevo orden que ya había sido expuesto por Trump durante su campaña electoral 2016 y que, al menos a grandes rasgos, parece estar dispuesto a cumplir.

  Entre esas claves del nuevo orden mundial de Trump, están su decisión de suspender el acuerdo nuclear con Irán, el reforzamiento de la alianza estratégica con Israel, las expectativas cifradas en la inesperada reunión con el líder norcoreano Kim Jong un prevista para mediados de junio, el impasse atlantista con la Unión Europea y el parcial distanciamiento con respecto a Rusia y China, sus principales rivales en el contexto global.

  En perspectiva, Trump atiende la política exterior como aliciente estratégico para su política interna, de cara a los comicios legislativos del mid term previstos para noviembre, despejando cualquier posibilidad de impeachment y abriendo así la veda para las presidenciales 2020.

  Mientras se observa parcialmente congelado el acoso mediático y judicial sobre la presunta trama rusa de las presidenciales 2016, Trump comienza a jugar sus cartas en el contexto internacional con la intención de alejar las expectativas de crisis política en la Casa Blanca, derivadas de la supuesta inherencia del Kremlin en Washington.

Popularidad

en ascenso

  El momento actual quizás sea el mejor para Trump desde que llegó a la Casa Blanca en enero de 2017. Los datos de recuperación de empleo lo avalan, con más de 100.000 nuevos empleos registrados desde finales de 2017. Por su parte, la tasa de desempleo está en sus niveles más bajos desde 2000, con un 4,1% de la población económicamente activa.

   Estos datos y una política exterior más decidida y menos indulgente, le han permitido a Trump repuntar levemente en las encuestas, en promedio unos diez puntos porcentuales más, en todas las encuestas registradas del país. Un dato importante, tomando en cuenta que estamos en un 2018 electoral en EEUU.

   Paralelamente, Trump ha apostado por reforzar las peticiones de importantes sectores industriales en EEUU, como el de la industria del carbón, claramente perjudicados por los avances tecnológicos y las claves ecológicas que definirán la “nueva economía” mundial “post-industrial” y más digitalizada.

   Con su política de “America First”, Trump quiere reforzar la economía estadounidense ante la competitividad exterior, trazando barreras comerciales dirigidas principalmente a China y Europa.

   No obstante, estas decisiones que pueden ser observadas como circunstanciales, constituyen armas de doble filo que pueden perjudicar en un futuro la reestructuración de la economía estadounidense. El afán proteccionista de Trump implicaría cerrar las puertas ante los inevitables cambios que se esperan en la economía mundial.

 El factor Pompeo

    En lo referente a la confección de sus expectativas en política internacional, Trump ha contado con la asertiva participación del actual secretario de Estado, el ex director de la CIA, Mike Pompeo, sustituto del moderado Rex Tillerson. Ahora se trata de apostar por el ala dura de los conocidos “halcones” del Pentágono con Pompeo y con el nuevo Consejero de Seguridad Nacional, John Bolton, un hombre de la “era Bush”.

    Con ello, Trump asegura el rol del Pentágono en la confección de las directrices de su política exterior, separando así el contrapeso que Tillerson representaba para su presidencia, en particular a la hora de interpretar ante la opinión pública sus polémicas decisiones y declaraciones.  Sin Tillerson, figura finalmente eclipsada de la administración a la que se vinculaba con el sector energético así como por sus contactos con el Kremlin en los duros momentos de la investigación judicial por la presunta trama rusa, Trump parece más seguro de adelantar sus políticas sin necesidad de verse sometido a contrapesos y resistencias a sus decisiones.

 Por el contrario, con Pompeo como secretario de Estado vuelve un mantra siempre efectivo: el de la seguridad nacional y la diplomacia de “garrote” contra los “enemigos”. Ello tiene su peso en un año electoral 2018, donde se renovará en noviembre la totalidad de la Cámara de Representantes y un tercio del Senado, abriendo así la veda para las presidenciales 2020.

“Make America…

and Israel Great Again”

   Los golpes efectivos de Trump ya se vivieron con el bombardeo a posiciones del régimen sirio de Bashar al Asad en abril pasado. Así, Trump enviaba un aviso hacia Rusia y principalmente Irán, ambos valedores del régimen sirio.

 Toda vez, Trump reforzaba el retorno de la influencia del lobby israelí sionista en la Casa Blanca, claramente opacado durante la era Obama, y ahora materializado en la presunción trumpiana de hacer valer la “agenda israelí” en Oriente Próximo. El resultado ha sido inobjetable, derivado de la conjunción casi religiosa de intereses entre Trump y el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, revalorizador de la idea del “Gran Israel” que asegura lo que considera las “fronteras históricas” del Estado israelí. Si Trump lanzó en 2016 su lema “Make America Great Again”, en 2018 podría estar ampliando esta perspectiva “netanyauana” al fomentar un “Make Israel Great Again”.

  El próximo 15 de mayo, Israel celebrará su 70º aniversario desde el final del mandato británico en Palestina y la creación del Estado de Israel. Este hecho histórico ha sido un catalizador clave de los principales conflictos que ha vivido Oriente Próximo en la segunda mitad del siglo XX y que siguen pendientes hasta hoy, en particular con una causa palestina actualmente desarticulada de la atención internacional.

  Quizás para conmemorar este aniversario, un día antes de esta celebración, el lunes 14 de mayo, se materializará la decisión de Trump anunciada en diciembre pasado, de cambiar la embajada estadounidense de Tel Aviv a Jerusalén, considerada por el sionismo como la “capital histórica israelí”.

 El nuevo embajador estadounidense en Jerusalén será David Friedman, abogado judío ortodoxo que fue asesor de Trump en lo relativo a las relaciones entre EEUU e Israel durante la campaña electoral 2016. La designación de Friedman deja entrever que es una apuesta apoyada y fomentada por el poderoso lobby israelí en Washington.

  La reciente victoria de Israel en el festival musical de Eurovisión también ha sido promocionada como un efecto simbólico por parte israelí en el marco de su nuevo aniversario.

 Con ello, Trump se hace partícipe de la política de Netanyahu de solidificar las bases históricas del Estado israelí, así como sus repercusiones geopolíticas en la región. En este apartado vale la pena destacar el irrestricto apoyo de Trump a las controvertidas (y no menos mediocres) pruebas presentadas por Netanyahu hace dos semanas sobre el supuesto engaño iraní en el cumplimiento de lo previsto en el acuerdo nuclear de 2016.Trump no sólo certificó totalmente las aseveraciones de Netanyahu, sino que las mismas bien pudieron influir, vía lobby israelí en Washington, en su decisión emitida la semana pasada, de sepultar el acuerdo nuclear con Irán.

  El encaje geoestratégico de Trump en Oriente Próximo pasa claramente por lo que defina la “agenda israelí” de Netanyahu. Aislar a Irán es la opción principal no sólo porque es la preocupación estratégica israelí, sino también la de los otros dos aliados estadounidenses en la región, Arabia Saudita y Egipto, ambos igualmente eclipsados de la atención de Obama, principalmente por factores de derechos humanos.

 El 70º aniversario del Estado de Israel puede ser el teatro clave para dirimir un histórico acercamiento entre Israel y Arabia Saudita que ya viene materializándose en los últimos meses, al menos en lo que se refiere a la concreción de intereses.

Por otro lado, Trump busca quebrantar el eje conformado por Rusia, Irán y Turquía, al que se le une tangencialmente el movimiento islamista libanés Hizbulá, configurado desde el acuerdo de Sochi de noviembre pasado y  orientado a focalizar un final del conflicto sirio.

El ataque de las fuerzas de defensa israelí la semana pasada contra posiciones iraníes al sur de Siria, particularmente de las milicias Al Quds (nombre árabe de Jerusalén) pertenecientes a la Guarda Revolucionaria Islámica iraní (detentora del programa nuclear), así como otros ataques contra posiciones del Hizbulá al sur del Líbano y Siria, da a entender que el mismo contó con el beneplácito de Trump.

 Paralelamente, en los últimos días están emergiendo fricciones diplomáticas con eventual tensión militar en dos históricos rivales como Grecia y Turquía que, curiosamente, son miembros de la OTAN.

 El distanciamiento turco con respecto a Europa y la Alianza Atlántica, y la apuesta de su cada vez más autocrático presidente Recep Tayyip Erdogan por Rusia, China e Irán, son factores que persuaden (o más bien convencen) a Trump y Netanyahu de la necesidad de acelerar cuanto antes sus respectivas directrices unilaterales para aislar al eje “euroasiático” descifrado por el presidente ruso Vladimir Putin junto a Turquía e Irán, así como con China y Qatar, este último rival estratégico tanto saudita como egipcio.

Un nuevo “amigo”:

Kim Jong un

  Pero quizás la decisión más sorprendente de Trump sea la de reunirse el próximo 12 de junio en Singapur con el líder norcoreano Kim Jong un. Una reunión histórica cuyas claves geoestratégicas son decisivas para el naciente Nuevo Orden Mundial “trumpiano”.

Desmantelar el acuerdo nuclear con Irán significa para Trump abrir las compuertas de un posible entendimiento en la otra gran crisis nuclear, la de Corea del Norte. Aquí resulta obvio que Trump ha contado con el tácito y silencioso aval de China, quizás el principal actor de esta trama.

 Antes de conocerse la decisión de Trump de reunirse con Kim, el líder norcoreano había sorprendido al mundo al visitar Beijing hace tres semanas. Visita que repitió la semana pasada una vez Trump desmanteló el acuerdo nuclear iraní y avanzó en los contactos diplomáticos con Pyongyang.

Ante este contexto, Corea del Norte sabe que no puede tomar ninguna decisión de carácter unilateral si la misma no es consultada con anterioridad con China, prácticamente su único socio comercial y principal valedor geopolítico.

La histórica reunión Trump-Kim tiene otros actores en vilo: Japón, Corea del Sur y Taiwán. Una pacificación vía Trump de la península coreana sería un alivio estratégico para Tokio y Seúl, toda vez China se garantizaría con ello una medida disuasiva ante la posibilidad de que el gobierno japonés de Shinzo Abe lleve adelante las presiones de sectores nacionalistas que piden cuanto antes la remilitarización japonesa. Esta remilitarización apunta claramente hacia el histórico y estratégico rival japonés: China, así como ante la capacidad ofensiva nuclear norcoreana.

 En caso de fracasar la reunión Trump-Kim, el presidente estadounidense tampoco tendría impedimentos en avanzar con Corea del Norte el mismo plan que el recientemente impuesto con Irán. Para afianzar esta eventual decisión, Trump daría un paso adelante en materia diplomática con Pyongyang que supone una especie de “papa caliente” en manos de Kim y del presidente chino Xi Jinping, cuyas pretensiones de perpetuidad en el poder ya fueron tramitadas en el reciente XIX Congreso del Partido Comunista Chino a finales de 2017.

  Taiwán es otro foco clave en esta estrategia asiática de Trump. Desde que llegó a la Casa Blanca, Trump ya mostró su empatía con Taipei, para mayor irritación de Beijing. La política inalterable china de “un país, dos sistemas” implica observar que sólo hay una China, y que Taiwán es una “provincia renegada” que debe volver a la “Madre Patria” china. Por ello, la apuesta de Trump por buscar un arreglo con Kim tiene en Taiwán un efecto colateral de persuasión hacia Beijing.

  En perspectiva, la cumbre Trump-Kim supondría otro clavo de sepultura para la Alianza  Transpacífico que desde 2015 impulsó Obama en la región, y que el propio Trump ya se encargó de desarticular el año pasado.

Europa no juega

  El desdén de  la administración Trump por Europa llevó recientemente a la canciller alemana Ángela Merkel, simbólicamente la líder más poderosa en el seno de la Unión Europea, a realizar una inédita declaración de intenciones en clave de resignación. Dijo Merkel que “ya no se puede confiar en EEUU”.

  Más allá de la visible falta de empatía entre Merkel y Trump, confirmada con la visita de la canciller alemana a Washington en 2017, al presidente estadounidense poco le preocupa una Europa sumida en crisis políticas y de identidad que amenazan seriamente con quebrantar su proyecto de integración.

 Trump parece más bien apostar por una alianza atlántica con Gran Bretaña que se refuerza con el Brexit finalmente previsto para 2019. La Alianza Atlántica vía OTAN ha sido también observada con desprecio por parte de Trump, denunciando que Washington no puede mantener un esfuerzo militar estratégico para sostener la seguridad europea.

  Igual perspectiva se observa con respecto a los aranceles comerciales y los acuerdos de libre comercio, que también están en la órbita de decisión de Trump para este mes de mayo. Acuerdos de libre comercio que pueden verse igualmente perjudicados con respecto a Canadá y México.

  Con ello, Trump busca alejar la atención estratégica de Europa, que sólo ocupa algún tipo de atención en la medida en que los planes de expansión de la OTAN hacia las fronteras rusas chocan obviamente con los intereses estratégicos rusos.

 Sin menoscabar estos planes de ampliación, así como otros factores que pueden tener efectos colaterales en el escenario euroasiático (ver el anterior artículo de ZETA sobre la crisis armenia y sus repercusiones en el pulso entre Trump y Putin), el presidente estadounidense parece más bien persuadido a buscar una especie de “entendimento forzado” con Putin que le permita marcar sus respectivas cartas y esferas geopolíticas de influencia, a fin de diluir progresivamente las investigaciones judiciales en EEUU sobre la presunta trama rusa.

América para

los americanos

 Hasta el momento, Trump no ha dado muestras visibles de tener algún tipo de estrategia hacia África, aspecto que refuerza su desinterés por la región. Un factor que sería aprovechado por China para afianzar allí sus intereses económicos y geopolíticos.

Queda por tanto América Latina. Y allí Trump muestra más claramente cuáles son sus expectativas. Washington liderará cualquier iniciativa hemisférica que implique asegurar sus intereses. Pero para ello contará con una mayor participación de aliados regionales con gobiernos afines, como son los casos de Brasil, Argentina, México, Colombia, Chile y Perú, a fin de otorgarle un marco de legitimidad a sus decisiones.

El intenso calendario electoral 2018 en América Latina descifra varias de esas claves “trumpianas”. El objetivo estratégico es asegurar cuanto antes el final de ciclo izquierdista en la región, cuyos únicos enclaves aún vigentes son el alicaído “eje ALBA” compuesto por Venezuela, Cuba, Bolivia y una Nicaragua convulsionada por las protestas contra el autoristarismo y la corrupción del régimen de Daniel Ortega.

 No obstante, Trump también observa riesgos inevitables. La crisis económica en la Argentina de Mauricio Macri, con un nuevo pedido de rescate al FMI, podría complicar la presidencia de un gobierno muy afín a Washington a través de protestas sociales que busquen revitalizar los sectores izquierdistas y “kirchneristas”.

 Por otro lado, Colombia y México con las candidaturas izquierdistas de Gustavo Petro y Andrés Manuel López Obrador respectivamente, son piedras en el zapato para Trump, quien buscará persuadir a favor de otras cartas políticas, como es el caso del “uribista” Iván Duque en Colombia. El caso mexicano ya tiene incidencia para Trump por el Muro antiinmigración y la prácticamente decidida finalización del Tratado de Libre Comercio.

Por su parte, la sentencia judicial que inhabilita política y electoralmente a Lula da Silva y lo confina a la prisión por doce años augura un gobierno derechista en Brasil para las elecciones presidenciales de octubre. Trump parece tener su apuesta carioca: Jair Bolsonaro, afín a las ideas de Trump.

Finalmente, la crisis venezolana, principal preocupación hemisférica por la tragedia humanitaria hacia países vecinos, persuade a Trump a tomar medidas más draconianas contra altos cargos del régimen de Nicolás Maduro. El objetivo es procrear una presión continental liderada por Washington que evite preliminarmente una solución (no descartada en el Pentágono) de intervención tipo Panamá 1989 o Haití 2004.

 El desconocimiento por parte de EEUU, la Unión Europea y prácticamente todo el hemisferio (a excepción del eje ALBA) de las elecciones presidenciales impulsadas por Maduro el próximo 20 de mayo, refuerza el aislamiento regional de Caracas, con vistas a propiciar una transición “post-chavista” que a todas luces es una incógnita.  El drama venezolano ha reforzado el poder del lobby cubano en la Casa Blanca, el cual progresivamente se nutre y hace causa común con los aún incipientes lobbies de la diáspora venezolana en EEUU. Trump tiene allí una baza electoral clave para los comicios legislativos de noviembre y quizás presidenciales de 2020.

 Con Cuba, Trump mantiene su decisión de igualmente sepultar el legado aperturista de Obama con la isla caribeña, sin manifestar expectativas concretas ante el histórico traspaso de poder post-castrista institucionalizado a mediados de abril, con Miguel Díaz-Canel en la presidencia.

 Avizorando el ecuador de su presidencia, Trump muestra ya cuáles son sus cartas para fomentar un Nuevo Orden Mundial. Pero este regreso de Washington en el contexto internacional tiene características unilaterales que pueden progresivamente propiciar un EEUU más aislado, receloso de los organismos y los compromisos internacionales y menos conciliador. Un nuevo orden que tendrá en este mes de mayo su puesta en escena más trascendental.

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