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América Latina cierra el ciclo rojo del Socialismo del Siglo XXI

El absurdo “complejo de inferioridad latinoamericano”, artificialmente sembrado y explotado por Fidel Castro, por fin llega a su fin.  Se abre el siguiente ciclo, que ojalá fuera de creatividad y confianza, cónsonos con la natural dinámica de un continente joven.   

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América Latina sorprende por la uniformidad de sus ciclos políticos. Hubo entre las décadas 40-60 un ciclo de dictaduras militares. La llamaron la Internacional de Espadas. Abarcó a los más importantes países del subcontinente, hasta que, terminado el ciclo, todos los dictadores militares cayeron como una fila de barajas, a pocos años de distancia entre cada  derrocamiento a lo largo de toda Suramérica. 

Juan Domingo Perón fue derrocado en 1955 (primera presidencia). Manuel Odría en Perú, toma el poder con un golpe militar en 1948, es constructor de grandes obras de vialidad igual que Pérez Jiménez en Venezuela, y logra su inmunidad en 1956 al abrir las puertas a la democracia. Gustavo Rojas Pinilla en Colombia es otro militar obligado a renunciar a la presidencia  en 1957. En Venezuela, Marcos Pérez Jiménez cierra el ciclo al huir en el avión presidencial popularmente llamado “La Vaca Sagrada”, el 23 de enero de 1958.

Caso aparte por longeva fue la dictadura militar de Rafael Leonidas Trujillo, quien ejerció una sangrienta opresión del pueblo dominicano a lo largo de tres décadas, cayendo asesinado en  1961. Su muerte fue precisamente lo que marcó el fin del ciclo de las dictaduras militares latinoamericanas: uno de sus últimos crímenes fue el intento de asesinato del presidente democrático de Venezuela, Rómulo Betancourt, en un atentado en que Betancourt sufrió graves quemaduras en ambas manos. Diríamos que este atentado fue lo que marcó el inicio del ciclo  continental  democrático, el que en Venezuela duró 30 años.

Este segundo ciclo, el de las democracias, viéndolo en términos hemisféricos, fue un largo y accidentado esfuerzo para unir ley con libertad y prosperidad. No fue fácil  y en un país de la importancia de Argentina, hasta marcó el breve regreso – bastante grave por sus circunstancias políticas – de Juan Domingo Perón. El de las democracias fue un ciclo heroico, porque consistió en una larga lucha de la libertad, contra el veneno que casi desde sus inicios le instilaba el comunismo cubano.

Lo bello del ciclo democrático fue la libertad, que irónicamente sirvió, precisamente por ser tolerante,  para permitir la penetración continental comunista dirigida por Fidel Castro. Es durante el ciclo democrático que tuvo lugar el ensayo comunista chileno, instigado por Fidel, pagado luego con centenares de víctimas y décadas de dictadura.  Las democracias de Venezuela, Bolivia, Argentina, Colombia fueron víctimas, primero de intentos de invasión armada y/o guerrillas, después de artilugios políticos  dirigidos por un cerebro, el de Fidel, y articulados desde el Foro de Sao Paulo.

Hay que observar que el ciclo democrático tuvo que luchar y en gran parte sucumbió ante los múltiples ataques del comunismo, sea en el campo de instigación intelectual (Galeano con “Las venas abiertas de América Latina” en 1971), sea en armas contra  las guerrrillas, y finalmente al verse envuelta en la telaraña política de debilitamiento de las democracias por todos los medios imaginables.

      De esa época, lo que más daño hizo a todo el hemisferio, fue la creación de un síndrome de inferioridad, inyectado a  manera de veneno en las mentes, para fomentar rencores contra cualquier nación o país exitoso por su trabajo, como Estados Unidos, Canadá, el mundo anglosajón y finalmente toda Europa, con el agravante de que consiguieron de aliados a numerosos intelectuales del mundo democrático. (¿Tontos? ¿Ciegos? ¿También ellos víctimas de su personal complejo de inferioridad? Vaya usted a saber…).   

Con la solapada destrucción de las democracias, se inició el tercer ciclo: el de gobiernos anclados en complejos de inferioridad, cuidadosamente cultivados  desde la década de los 60 e instrumentados para mantener a todo un continente presa de envidias y rencores.

Instigado y dirigido por Fidel Castro, el ciclo rojo se extendió en América Latina y se apoderó  en mayor o menor grado de Venezuela, Brasil, Bolivia, Ecuador, Nicaragua, Argentina, Paraguay, Uruguay, Perú, Chile, Honduras y parte de las islas del Caribe. Los líderes de la entrega de sus pueblos fueron en este mismo orden Chávez y Maduro, Lula, Evo Morales, Correa, Daniel Ortega, los Kirchner, Fernando Lugo, Pepe Mujica, Michelle Bachelet, Manuel Zelaya. Muchos se afincaron en los petrodólares venezolanos distribuidos por Hugo Chávez, hasta que esa fuente se secó.

Al revertirse el ciclo en el actual  momento, los principales países del continente empezaron a pensar en trabajar, crear, producir y por fin, parecen deslastrarse de los falsos complejos. Por el momento los primeros en haber reaccionado son Argentina, Brasil, Perú, Chile, Ecuador (probablemente), Paraguay (en sus últimas elecciones), Honduras y, además,  todo indica que la próxima en la lista será sin duda Venezuela, atrapada en ese oleaje continental. 

¿Habrá servido de vacuna la total destrucción del país más rico de Suramérica, como lo era Venezuela? Es que no es solamente lo que vive hoy Venezuela. Las dificultades económicas que enfrentan en este momento Brasil, Argentina y Ecuador, también  son consecuencias de la destrucción dejada por el “ensayo rojo”.

¿Servirá el nuevo ciclo de cura contra el absurdo, además de artificialmente inventado y políticamente explotado, síndrome de inferioridad? Por lo menos en esto, algo bueno se sacará si la dolorosa experiencia roja logra infundir a un magnífico continente joven, la confianza en sí mismo que tanta falta le hizo en el ciclo anterior. 

Jurate Rosales

Directora de la Revista Zeta, columnista en El Nuevo País con la sección Ventana al Mundo. Miembro del Grupo Editorial Poleo.

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