La destrucción del tejido social

*La vida diaria del venezolano está sometida a una profunda destrucción de su tejido social. El daño se manifiesta desde la ruptura de las familias por la masiva emigración de los jóvenes, hasta por la imposibilidad de trabajar y vivir de un sueldo, si escogen permanecer en su tierra venezolana.

Al terminarse el asueto de Semana Santa, Caracas no parece haberse despertado para volver a trabajar. Es como si la ausencia laboral se hubiese instalado en la capital y el resto del país, las actividades en su mayoría no se han reanudado y no hay señales de un despertar para los días venideros.

Las causas son muchas. Numerosas empresas en el sector productivo y comercial no han vuelto a abrir sus puertas, no digo que después de Semana Santa, sino que muchas permanecen cerradas en lo que va del año 2018.  Un creciente número de empresas bajaron la santamaría a principios de diciembre pasado en espera de días mejores, pero pareciera que la mejora tarda, mientras que lo peor se instala.

 Observo que en las empresas privadas que todavía trabajan, casi no veo gente. Las causas de la ausencia laboral son muchas, siendo la principal la imposibilidad de tener dinero efectivo para pagar el transporte público de autobuses o autobusetes, lo que impide llegar al trabajo cada mañana.

Me confirman que en todas las empresas disminuyó sensiblemente el número de trabajadores. Muchos simplemente desaparecen sin dejar preaviso y ni dar aviso, porque se han ido – algunos hacia el interior del país a su antiguo terruño, otros buscando cruzar la frontera. Hay otros que formalmente presentaron su renuncia o solicitaron un “permiso” temporal, para ausentarse “legalmente” sin perder el puesto, quizás esperando días mejores. Actualmente, me pregunto qué porcentaje de venezolanos todavía encuentran manera alguna de trabajar y sobrevivir.

Otro detalle que observo entre los héroes que todavía acuden a sus sitios de trabajo, es el cambio de su apariencia. Mujeres que siempre tuvieron un peinado de peluquería, lucen ahora sus canas, porque no consiguen, o no pueden comprar por lo costoso, los tintes para el cabello. De los hombres que eran gordos ya no queda casi ninguno exhibiendo su gran peso. Lo más grave es ver en la calle, niños hurgando en la basura en busca de algo comestible, cuando a esa hora deberían estar en la escuela.

Poco a poco, uno ha olvidado lo que es una vida normal con la compra de la comida semanal sin otro problema que el de astringirse al presupuesto familiar asignado a los alimentos. Eso era antes. Aquellos fueron tiempos cuando no había problemas para comprar comida y las más importantes preocupaciones eran el pago del crédito por la compra de la vivienda, o por la adquisición del carro. ¿Cuántos pueden adquirir hoy en día una vivienda o comprar un carro, pidiendo un préstamo al banco y pagando la deuda con los intereses?

Hoy, el mayor trauma en cada familia de clase media es tomar la decisión del colegio donde irán los hijos, que si se opta por mandarlos a una cada vez más deteriorada escuela pública, o pagar el colegio privado sin saber si la plata va a alcanzar.  Pensar que hace falta comprar ropa nueva, porque la anterior pasó de moda es inexistente. Planificar si se irá de vacaciones a la playa, al campo, o a la montaña, es otro lejano recuerdo del pasado. Reunir la familia para el cumpleaños con una buena parrilla, ¿quién puede costear la compra de la carne?  Todo eso, que normalmente forma parte de la vida diaria en cualquier país de América, dejó de existir en Venezuela en la casi totalidad de los hogares.

Hoy, la compra semanal de la comida obliga a dedicarse, día tras día, a un safari buscando “qué consigo”. Otras cosas tan absolutamente normales como abordar un medio de transporte colectivo para ir al trabajo o a una diligencia, se imposibilitan por varias razones: cuando no es porque no se consigue el dinero efectivo para un pasaje del autobús (no es que falte el dinero, sino que no hay efectivo), es que tampoco aparece dicho autobús en su ruta regular y si se tiene la suerte de que la diligencia coincide con alguna ruta del metro, el metro es el que un día funciona y el otro se ha parado. Ya es rutina que las unidades de transporte vial sean cada vez más escasas por falta de repuestos, y también es rutina que el subterráneo no funcione ese día. Conclusión: la gente se queda en su casa.

Pasemos ahora a la vida diaria dentro del hogar. En un amplio sector del municipio Baruta – que podríamos considerar como una de las zonas privilegiadas de Caracas -, acaban de pasar 9 días sin suministro de agua. En Los Ruices, otra zona céntrica caraqueña de edificios de viviendas, cuando por fin llegó el agua, se fue la luz eléctrica y las bombas del agua no podían suministrarla a los apartamentos. En esa misma zona, el Internet un día funciona y el otro está “muerto”, pero el pago se cobra mensualmente sin consideración por las ausencias del servicio.

Finalmente, todos los inconvenientes de la vida diaria en la Venezuela de Maduro, vuelven a concentrarse en una sola ecuación: el sueldo mínimo del venezolano, que calculado al cambio de bolívar libre era el equivalente de 3 dólares mensuales antes de la Semana Santa, está de apenas unos céntimos de dólar con la tasa libre actual. Trabajar por ese “y que sueldo” no tiene sentido. Salir del país a como dé lugar, parece ser la única opción que le ha quedado a la población. Esta sería la explicación de unas aulas con pocos alumnos, calles vacías, sitios de trabajo abandonados, negocios que no levantaron su santamaria, y un letargo que se transforma cada día más en una parálisis nacional.

Jurate Rosales

Directora de la Revista Zeta, columnista en El Nuevo País con la sección Ventana al Mundo. Miembro del Grupo Editorial Poleo.

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