¿Quién mató a Oscar Pérez?

No sólo fue una estupidez, también fue una chapuza el asesinato del rebelde Oscar Pérez y sus camaradas, perpetrado en las condiciones más crueles y escandalosas, como espectáculo destinado a aterrorizar a una población en creciente rebeldía contra los secuestradores que la mantienen humillada bajo un tratamiento que incluye el sometimiento por hambre y castigo físico.

Concluida la escalofriante exhibición de sadismo como instrumento de gobierno, los secuestradores enfrentan consecuencias que agravan hasta el extremo una situación que parece confortable cuando en realidad es muy crítica. Estados Unidos y Europa van cerrando el cerco de una manera progresiva, emitiendo con calculada lentitud sus terribles sanciones personales contra los capitostes del régimen, quienes con el corazón en la boca esperan cada nueva lista de malditos. En una estrategia de asfixia lenta, cada tanto aparece una lista de diez o doce sancionados, la cual se anuncia con anticipación pero reteniendo los nombres, de manera que quienes aún no han aparecido tiemblen ante la posibilidad de que ahora les toque. Este cronista tiene información concreta de que los capos chavistas y sus familias viven en zozobra permanente, temiendo que la próxima lista arruine sus sueños de una vida opulenta en el Primer Mundo.

Los sancionados ven congeladas las fabulosas colocaciones que para escapar del Departamento del Tesoro estadounidense confiaron a bancos europeos. Ese dinero no lo verán nunca más. En lo personal, no podrán viajar a países europeos como ya no pueden hacerlo a Estados Unidos. En casos como el general Reverol esto significa una vida desquiciada. Sancionado por Estados Unidos, trasladó a España, tradicional receptora de dictadores acaudalados (Batista, Pérez Jiménez, Perón, etc.), un proyecto de vida futura que se asentaba frente a la preciosa ría de Vigo, instalados en una vivienda acorde con su elevado rango. Su familia se estaba acomodando allí. Para facilitar esta operación esa familia ocupó los cargos de importancia en el consulado venezolano viguense, que sirve a toda Galicia. Ese proyecto de quien se disponía a disfrutar del retiro opulento que merece un destacado servidor de la revolución que ha hecho la felicidad de los venezolanos, se derrumba cuando la Unión Europea emite una nueva lista que le incluye entre quienes ven congelados sus haberes y prohibido su ingreso en el llamado viejo continente cuando ya lo estaba en Norte América y cada día más dificultado en los países vivibles de Centro y Sur América.

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Las sanciones personales son uno de los instrumentos que Estados Unidos y Europa, con la colaboración de los países que cuentan en Ibero América (México, Colombia, Perú, Chile, Argentina y Brasil), aplican para poner de rodillas a la oclocracia venezolana. Son varios, como la acción directa sobre el movimiento comercial  y financiero del Estado forajido. No se puede negociar con él y hacerlo con Estados Unidos, y entre los dos mercados la elección es obvia. Esto repercute cruelmente sobre la población, lo cual no importa a los mandatarios venezolanos como no importa a sus homólogos cubanos. Ellos comen bien, y compensan con el poder sobre vidas y haciendas limitaciones como la de no gozar más vacaciones en el Primer Mundo. En este caso donde Occidente no se enfrenta a políticos sino a sociópatas que en su ignorancia de los mecanismos globales de poder creyeron que podrían esclavizar una sociedad en medio del continente americano, lo eficaz son las sanciones personales. Para evitarlas Rafael Ramírez cambió de bando y ha puesto en manos de Estados Unidos los detalles del saqueo a los ingresos petroleros. Este “Efecto Ramírez” es devastador. El Departamento del Tesoro tiene todo el mapa del gran saqueo. Por causa de Ramírez los jefes chavistas se miran entre sí con desconfianza mientras buscan el contacto a través del cual puedan saltar la talanquera. Téngase en cuenta que, como histórica regla de hierro, los más proclives a voltearse la chaqueta son aquellos que más pregonan lealtad.

La masacre de El Junquito es un ejemplo del desorden que, alimentado por un miedo que en cualquier momento será pánico, cunde en el alto chavismo. El mayor Bastardo Mendoza, guardia nacional jefe de la operación, parlamentaba a viva voz con Oscar Pérez cuadrando la rendición de los rebeldes con la bendición de Maduro, cuando alguien tan poderoso como para torcer una orden del Presidente sacó de la operación a la Guardia Nacional y entregó el caso al poderoso colectivo, obediente a Diosdado Cabello y Freddy Bernal, que gobierna en el 23 de Enero. Es allí donde se decide asesinar a los rendidos. Pero dentro de estos hechos se desarrolla un episodio de alta significación cuando los tres más importantes jefes del colectivo temido por Gobierno y Oposición son ultimados por fuego oficialista. Como es de rigor en estas operaciones, los verdugos son a su vez asesinados para que no puedan contar quién los mandó. Como guinda de la torta, al día siguiente Maduro, rodeado de generales-focas, destituye al comandante general de la Guardia Nacional, de quien en los cuarteles se dice que se negó a que su fuerza ejecutara la masacre -pero a la hora de presentar cuentas a la Corte Internacional, él aparecerá como responsable del crimen, salvo que diga quién ordenó sacar del escenario a la GN.

De Maduro se sabe que ordenó traer vivos a los rebeldes. Cabello, en su programa televisado, hace maromas para trasmitir el mensaje de que él siente mucho lo ocurrido. Entonces, ¿quién? Los militares se pelotean la culpa de un episodio que ha de terminar en un mini-Nuremberg. Lo posible es que se pongan de acuerdo para culpar a los colectivos, con lo cual Padrino se sacudirá por fin a Cabello y al ejército irregular que Castro inventó para balancear el peso de la FAN. Destruir ese ejército particular de Freddy Bernal es trabajo pendiente para los militares -no fácil, por cierto.

 

Rafael Poleo

Director -Editor del diario El Nuevo País. Fundador de la Revista Zeta. Presidente del Grupo Editorial Poleo. Periodista. Analista político.

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