La discriminación suprema

Si la constitución venezolana condena la discri-minación y declara que todos los ciudadanos son iguales ante la ley, algo debe andar mal en este país, donde la más notable discriminación  se ha convertido  entre quienes tienen comida y los que no tienen nada qué comer. Allí desaparecen todas las divagaciones acerca de clases sociales, partidos políticos, privilegiados versus olvidados, porque la principal diferencia es entre quienes tienen comida y quienes pasan hambre.

 

Los efectos de una hambruna

El hambre es el más poderoso instrumento para lograr la sumisión, algo que Stalin intuyó cuando para someter a los pequeños agricultores de Ucrania ordenó la quema de las cosechas produciendo la muerte por hambre de millones de personas (la mayor hambruna asesina en la historia del siglo XX), logrando un dominio que casi un siglo más tarde, todavía arrastra sus consecuencias en la inestabilidad política de Ucrania. Mao dominó la inmensa población de China continental, ordenando el famoso “Gran salto adelante” que destruyó el tejido rural con una hambruna y remató el daño durante la “revolución cultural” dirigida contra la clase media.  Fidel Castro le siguió los pasos con el famoso “período especial” que consolidó su poder, mediante el hambre y la consecuente sumisión de los cubanos, agobiados por la elemental necesidad de comer.

Fuerte de esas experiencias, al actual gobierno venezolano tampoco le va muy mal administrando el hambre. La sapiencia popular dice que el hambre es hereje y cuando aparece, se transforma en una fuerza mayor.

El hambre en Venezuela

Las grandes hambrunas del siglo XX, todas provocadas por gobiernos comunistas empeñados en dominar la población por medio del hambre (URSS, China, Cuba), tuvieron como primer paso la destrucción planificada del medio rural. Quema de cosechas en la URSS, el “Gran salto adelante” en China, destrucción de las haciendas en Cuba.

En cambio incluso durante las más duras experiencias de la II Guerra Mundial europea, nunca hubo una hambruna total porque siempre existió la propiedad de la pequeña finca, e igual en Venezuela, la producción del conuco existió a todo lo largo de las guerras de la Independencia y posteriores guerras internas. El cambio ocurrió a partir del Plan de Emergencia a la caída de Marcos Pérez Jiménez, que es cuando empezó la gran migración desde las zonas rurales a las ciudades. Hoy, el conuco ya no existe, lo que transforma a la población absolutamente dependiente de los grandes productores, de la elaboración local de alimentos y en su defecto, de las importaciones. Temo que allí radica la diferencia que transforma a la población venezolana en mucho más vulnerable, de lo que fueron sus antañonas antecesoras.

Lea también: De la pirámide de Ponzi al “Petro” de Maduro

Se nota que tímidamente, a muy pequeña escala, reaparecen en los mercados el papelón producido por el pequeño cañicultor en sus tierras, el maíz pilado y molido a mano, café sin marca, quesos de la finca, etc. Desgraciadamente, se trata de pequeñas cantidades a precios fijados al voleo. Lo grueso de la población se divide para comer en cuatro toletes: los que de vez en cuando reciben la caja Clap de productos subsidiados; los que reciben paquetes enviados por parientes desde Estados Unidos; los que pasan horas en inmensas colas esperando conseguir algún alimento a precio accesible; y los que por internet, anuncian venta al mayor de alimentos a precios dolarizados o encuentran el alimento al precio dolarizado en el supermercado que evitó los controles de la SUNDDE.

Observando las cuatro alternativas, cada una tiene sus problemas. Las cajas Clap no siempre llegan y cada vez son más caras. Ya es rutina que la gente manifieste en la calle su molestia porque no han recibido las cajas Clap, además de que sólo una relativamente reducida proporción de la población tiene acceso a ellas.

Los paquete enviados desde Estados Unidos en ciertas ocasiones llegan desvalijados parcialmente, la lista de alimentos que estaba en la caja desaparecida y no hay reclamo posible, porque la caja llega al destinatario nuevamente cerrada. Está además el hecho de que debe existir el pariente que mandó la caja y que ese pariente haya tenido el dinero necesario para adquirir los alimentos y costear el envío. No todo el mundo dispone de esa suerte.

Las compras por internet son claramente un negocio de alguien quien tiene acceso a dólares. Generalmente funcionan de la siguiente manera: una persona llama a todos sus amigos y parientes y anuncia: puedo obtener una caja de potes de leche en polvo, por tanto millones de bolívares. Aparecen quienes  quieren compartir el contenido de la caja, que entonces sale en tantos bolívares por pote. Cuando se reúne en tiempo suficientemente corto el número de compradores para adquirir toda la caja, se compra y se efectúa el reparto de pagos y de mercancía.

“Hacer la cola” es el método, el más sacrificado de todos, y el más común. Se empieza desde la noche anterior, las familias se turnan, porque de noche siempre hay el peligro creado por la inseguridad, y al final, puede aparecer que nada de lo que se esperaba ha llegado al abastos, aunque con mucha suerte, algunas veces sí llegó lo más codiciado: aceite, harina de maíz, o azúcar, a un precio que todavía no es el del mercado negro.

Finalmente está la compra en el supermercado que se arriesgó a colocar todos sus precios al valor dolarizado. El inconveniente es entonces, que con una o dos compras, al cliente se la ha ido todo el sueldo del mes.

En conclusión – cualquiera de esos métodos es propio  de una economía de guerra.

El peso corporal del ciudadano

Las cuatro categorías cónsonas con la supuesta “viveza criolla” que en realidad no lo es tanto, dejan en el limbo la quinta categoría – la mayor de todas, la que vive en un rancho de la ciudad o del interior y no recibe ni el bulto Clap, ni el paquete venido del exterior, mucho menos la oferta millonaria de Internet o tiene a su alcance la ida al supermercado dolarizado. Es la inmensa mayoría de venezolanos, que simplemente no comen lo mínimo necesario para mantenerse activos.

Según Encovi, de cuya seriedad nadie duda y que reúne las encuestas sobre las condiciones de vida de los venezolanos, en el año 2016, el 72,7% de la población perdió hasta 8,7 Kg de peso, dato que cuando lo actualicen para el año 2017 se verá casi seguramente acentuado. Por supuesto, que en estas condiciones, el segmento poblacional de mayor debilidad son los niños y los ancianos, que no solamente pierden peso, sino resistencia ante las enfermedades, en un país donde tampoco hay acceso normal a los medicamentos.

La reacción nacional

Ante una situación que supera en materia de hambre a cualquier otra vivida en el pasado en Venezuela, la política de avestruz – no me atrevo a nombrarla de fomento de esa realidad – adoptada por el gobierno – implica la urgencia de ayudas inmediatas, porque cualquier demora ya se traduce en el equivalente a un genocidio.

En las supuestas conversaciones de Santo Domingo, donde muchos samaritanos están aconsejando a los venezolanos, se impone una voluntad de enmienda del gobierno y asesoramiento con ayuda internacional. De no proceder en esta forma, se incurriría abiertamente en el seguimiento de políticas de exterminio por hambre.

No es exagerado llamar la atención de esa realidad, que actualmente se evidencia con creciente dramatismo en toda Venezuela. No es exagerado, mencionar el nombre de genocidio y crimen contra la humanidad.

 

 

 

Jurate Rosales

Directora de la Revista Zeta, columnista en El Nuevo País con la sección Ventana al Mundo. Miembro del Grupo Editorial Poleo.

No Comments Yet

Leave a Reply

Your email address will not be published.

NUESTRAS REDES