La cacería de los alimentos

Acompáñeme, lector, en el peligroso safari semanal, cuando uno sale armado de una tarjeta de débito a ver dónde y qué puede encontrar para comer durante la semana (hasta que se acabe la tarjeta).

En lo que va del 2017, la cacería cambia cada siete días, que es cuando los que trabajan disponen del tiempo de fin de semana para armarse de la tarjeta de débito y salir a ver qué Y EN CUÁNTO consigue.   En esas primeras semanas de febrero, el cambio más notorio ha sido la paulatina desaparición  de la escasez y el surgimiento de los  precios que ni siquiera son dolarizados, sino que superan el equivalente del dólar libre. Alguien está haciendo su agosto con una muy personal “interpretación” del valor del dólar.

 Rubros que en el curso del último año escasearon y desaparecieron, están otra vez en los estantes… sin que la gente los toque. En el supermercado de Central Madeirense, vi un estante lleno de aceite de soya y me pregunté por qué nadie lo compra, con tanta escasez que hay de aceite de comer.  Al acercarme, se aclaró el misterio: es aceite de soya, nacional, pero la etiqueta apenas se reconoce y explica que es “aceite especial para ensaladas”, siendo aparentemente esa la treta para escapar de la imposición de un “precio regulado”. Efectivamente el precio puesto en un visible cartelón, es de Bs.9.550, para la botella de un litro. Empecé a comparar: en los mercados libres, una botella de 2 litros de aceite importado de EEUU, cuesta Bs.15.000, mientras que este aceite de Bs.9.550 es nacional, de soya y la botella es de 1 litro. La gente sabe sacar la cuenta y  no lo compra. Yo tampoco lo compré.

    En ese mismo estante estaba el azúcar y tampoco lo compraba la gente, por las mismas razones que en el caso del aceite. Yo tampoco lo compré, pese a no haber visto azúcar desde hace meses. Nos acostumbramos al papelón, como las abuelas.

La situación es simple. Los precios que desde tiempos de Chávez el gobierno inventó “regular”, era inferior al costo de producción y, obviamente, la mercancía desapareció, porque nadie, ni las empresas nacionalizadas, pueden trabajar eternamente a pérdida. Así apareció la famosa escasez, las inmensas cosas por alimentos de precio regulado, los saqueos y el temor de una sublevación general, como ya ocurrió en el estado Bolívar. No le quedó otra al gobierno, que liberar los precios y abrir algunas importaciones compradas al dólar libre. Aparecieron los rubros, pero ahora vino otro problema: cuestan más en bolívares, que en dólares. Vino el tercer problema: nadie sabe cuántos bolívares en realidad puede costar un dólar ni cuánto costará en el inmediato futuro para la reposición de la mercancía, porque desde enero hasta mediados de febrero, el dólar “negro” pasó de Bs.3.000 a Bs 4.500. ¿Y entonces?

Hablemos “entonces” de lo que necesariamente tiene que ser de producción nacional: el queso blanco imprescindible en la dieta normal del venezolano. Este sábado,  medio kilo de queso Palmizulia y 200 gramos de queso Guayanés, me costaron en total 11.800 Bs. La señora cuyo puesto recuerdo desde hace décadas en este mismo lugar, y cuyo hijo era niño pero ahora es un hombre que los sábados ayuda a su madre, es donde comprar cada sábado ha sido tradición para mucha gente de la urbanización. Esta semana, contrariamente a lo usual, no había cola para comprar y la mercancía no se veía tan abundante como de costumbre. La gente compra menos. Por supuesto, también come menos. Consulté a la señora: me confirmó que cada semana adquiere su mercancía más cara que la semana anterior.

    El viernes salieron las cifras de la encuesta anual, efectuada por tres universidades:  la Andrés Bello, la Simón Bolívar y la Central. Versan sobre el año 2016. Sus cifras indican que en 2016 la gente ya había dejado de comer: 93,3% de los venezolanos no ganan para comprar la comida; 74% de los entrevistados perdieron 8 Kg. de peso corporal el año pasado.

   Al leer las cifras, recordé que hace unos meses, me visitó el periodista del diario francés Le Monde, Paulo Paranagua. Le interesaba saber más sobre la falta de papel para la prensa libre, algo que desde entonces se confirmó con la desaparición de El Nuevo País como diario y el cierre de la edición impresa de El Impulso, en Lara. En aquella oportunidad le dije que aproveche de estar en Venezuela, para preguntar a cada persona que encuentre, cuánto peso ha perdido en los últimos 6 meses. Su respuesta fue que ojalá él logre perder peso en ese viaje – era la contestación normal de un ciudadano en cualquier otro país de América o Europa.  Desgraciadamente, en Venezuela la pérdida de peso afecta la salud, cuando el organismo se debilita y pierde resistencia.

  De eso también hablan en la encuesta: “En las personas de estratos con menores recursos, el 83% no tiene seguro de salud, mientras que en los estratos con mayores recursos, entre 2014 y 2016 aumentó un 20% la pérdida de los seguros médicos”. Dejemos la encuesta, y preguntemos qué pasará en 2017, porque desde enero muchas empresas no han podido costear el aumento del  seguro de sus empleados y  hasta planes de empresas del Estado, no aceptan sino renovar el seguro para 6 meses, debido a la imposibilidad de atajar el galopante aumento de costos médicos. Agregue a eso, el colapso de los hospitales y la falta de medicinas: las redes sociales, las radios y televisión, están llenos de llamadas de emergencia buscando medicinas que el enfermo no consigue y algunas son de vida o muerte. Actualmente, en febrero de 2017, al igual que con la comida, noto que algunas medicinas aparecen, pero a un precio que el paciente ni su familia pueden pagar. ¿Está condenado a morir de mengua y falta de atención médica?

  Podría escribir sobre ese tema en este febrero del 2017, pero sería como agregar más agua a un aguacero. Lo único que podría parar ese diluvio, sería una acción unitaria de toda la nación, pero por el contrario, lo que veo son unos exitosos esfuerzos de dividir a la oposición venezolana. ¿O será que toda esa gente que sueña con ser presidente, ni siente, ni sabe, ni les interesa? Chúo, tú que sí entiendes, hazlos entrar en razón, porque de lo contrario, todos terminaremos muriéndonos del caos.

 

 

 

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