Un hombre con sotana

     Cuando leí al arzobispo López Castillo, de Barquisimeto, diciendo en su homilía lo único que un buen cura puede decir frente a lo que está pasando en Venezuela (“¿Cómo me voy a callar?”), me vino a la mente el antípoda de lo que puede ser un buen cura, que es un buen comunista. En este caso, Regis Debray, intelectual mimado del comunismo europeo que cuando los tanques rusos entraron en Praga se sentó a escribir su “Ya no es posible callar”, dramática denuncia que a poco tuvo su expresión latinoamericana en Teodoro Petkoff con su “Checoslovaquia, el socialismo como problema”. Ya había un precedente conmovedor, el de Howard Fast (aquel que había encendido nuestro fuego adolescente con “Espartaco”, nada menos que director de “The Daily Worker”, diario del PC gringo), cuando, iluminado por el discurso donde Kruschev denunció en el XX Congreso del Partido Comunista de la URSS los crímenes de Stalin, se presentó en la sede del Partido Comunista en Nueva York y puso sobre la mesa su carnet con una sola explicación: “Toda mi vida estuve equivocado”. Y dio la espalda a esa vida, dispuesto a lo que en inglés, con frase inevitable, se dice “fall in the oblivion”. Porque un hombre puede arreglárselas para ser un cura católico o un santón comunista sin que por eso deje de ser un hombre. Tal hizo nuestro cura guaro, mientras ese desconcertante personaje que el Vaticano ha enviado a Venezuela cepillaba la sotana para asistir a la presentación de Maduro ante el TSJ, turbio episodio en esta etapa esperpéntica de nuestra barrialosa historia.

     Ya sabemos que Europa puja porque le tiren algo en el reparto de Venezuela donde la Exxon Mobil corta el bacalao, cuantimás ahora que su hombre se instalará en la Casa Blanca -eso explica lo que ha pasado, lo que está pasando y lo que va a pasar.  Pero, francamente, no había necesidad de que el Vaticano, al cual suponíamos trascendente, se metiera en ese patuque.

     A uno, el irreductible católico de a pie, sólo le queda aferrarse a la hombría de sus curas. Lo demás es monte y culebra.

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